Jesús Puerta: La oposición es tan chavista como el chavismo

Pensar el país, "no en términos de chavismo ni de oposición, sino en términos de país", es la propuesta de este investigador social y profesor de postgrado de la Universidad de Carabobo - Foto: Rafael Briceño



Mientras la economía se hunde, la ilusión se esfuma y avanza el proceso de descomposición social, los liderazgos de ambos bandos –dice quien es premio nacional de investigación– practican “política de entretenimiento” para sus respectivas galerías
Amor con hambre no dura, reza el refrán. Jesús Puerta, profesor de postgrado en la Universidad de Carabobo, lo trae a colación para lanzar de seguidas un auténtico epitafio: “Ya no hay amor. Ya no hay ilusión, o son ilusiones un poquito alucinantes”. Lo dice, este historiador y ensayista, doctorado en Ciencias Sociales, al hacer balance de dieciséis años de chavismo en el poder, pero también al calibrar los primeros indicios que, tras la contienda electoral del 6D, deja ver la oposición acerca de lo que serán sus propósitos y políticas como mayoría parlamentaria.
Para él, lo más significativo en los resultados de esa jornada no es el triunfo opositor en sí mismo, sino la campanada que trajo aparejada: la constatación de que “el país no puede seguir bajo el mismo esquema rentista petrolero”. La evidencia de que el petro-Estado, sea que se vista de socialismo o capitalismo, sea que se diga revolucionario o neoliberal, sencillamente “no puede continuar”.
Frente a esa realidad, y ante “un proceso de descomposición social muy agudo, que puede llevar a un camino de guerra civil”, este periodista e investigador, novelista también, encuentra que hoy los liderazgos de ambos bandos están por igual trenzados en una “política de entretenimiento” que busca sólo satisfacer a sus seguidores más radicales y que, de no mediar para el país aquella perspectiva trágica, sería tan risible como la letra de un conocido “golpe tocuyano”.
Hombre de izquierda militante, figura conocida del Grupo Pensamiento Crítico, intelectual de los llamados “orgánicos” –su libro Interpretar el horizonte. El sentido ético y político de la militancia mereció en 2014 el Premio Nacional de Investigación Orlando Fals Boada–, Jesús Puerta considera que el único cambio estructural que se produjo en Venezuela durante los últimos lustros fue el de la redistribución de la renta. Que, sin embargo, dejó en pie un Estado dadivoso y reprodujo “las prácticas clientelares más rancias del populismo adeco”.
La tarea más perentoria que hoy tiene el chavismo, a su entender, es “repensar el proyecto”. Pero el conjunto de las fuerzas políticas tiene otra aún mayor: plantear un nuevo proyecto de país, de país post-petrolero. Un cometido que exige altas dosis de pragmatismo, así como la comprensión cabal de que “sí, puntos de honor hay muchos, pero no todo puede ser punto de honor”.
¿Y la revolución? También: “una verdadera revolución popular”, dice. Y precisa, sin ironía ninguna: una que cambie la cultura política del venezolano, que lo haga más participativo, más responsable, más disciplinado. Que lo dote –nos dote– de una cultura cívica mínima, “de condominio, pues”.
Foto Rafael Briceño
Nunca dejamos de ser petro-Estado
¿Qué fue lo que hicieron las elecciones del 6 de diciembre: cambiaron el mapa del país, o pusieron al desnudo una crisis?
—Los resultados de las elecciones son un punto de inflexión histórico. No sólo ni principalmente en relación al chavismo, sino en relación a toda la Venezuela contemporánea, porque de alguna manera es una nueva campanada de que el país no puede seguir bajo el mismo esquema rentista petrolero: el petro-Estado no puede continuar –y cuando hablo de petro-Estado me refiero a unas estructuras políticas, a una cultura política, tanto de los dirigentes como de los seguidores–, porque se anuncia un largo período con precio del petróleo muy bajo. Y es, además, una nueva evidencia de que el país no se puede seguir manteniendo sobre la base de ese ingreso casi exclusivo, único, de divisas a través del petróleo.
Aparte de que el petro-Estado son estructuras, es también como un sentido común político de los dirigentes –y de los dirigidos–. Es el mismo supuesto del “Estado mágico”, que señalaba Fernando Coronil: el supuesto de que disponemos de una riqueza ahí, que nadie sabe de dónde salió, que no tiene nada que ver con la productividad de nosotros los venezolanos, que nos sirve para resolver y todo lo que hay que ver es cómo distribuirla. No hay una visión de cómo producir riquezas. Y, por supuesto, eso tiene que ver con una serie de características del sentido común, de las costumbres del venezolano urbano, del que se fue formando desde Gómez hasta ahora, porque las culturas son como sedimentos, son como varios sedimentos que, cuando hay terremotos, salen a flote los que estaban más abajo. Entonces, nuevamente vemos las mismas prácticas, las mismas cosas.
Ojalá estos resultados electorales sirvan para llamar la atención acerca de la necesidad de repensar el país, el petro-Estado, repensar toda esa cultura rentista. Eso nos toca a todos los venezolanos, independientemente de la postura política.
—Chávez habló siempre de revolución, y el chavismo sigue haciendo de ese término su bandera, junto con el de socialismo. ¿Hay revolución sin cambio de estructuras? ¿Puede haber un socialismo rentista? ¿Qué pasó con el proyecto de transformar el país?
—Bueno, para el chavismo, en particular, la tarea hoy es repensar el proyecto. Porque el proyecto no se definió, no se redefinió, por lo menos hasta el 2005-2006, cuando Chávez redefinió el proyecto como socialista, pero de todas maneras la práctica política del chavismo fue una práctica redistribuidora de la renta. De hecho, pienso yo que los únicos cambios estructurales reales que se emprendieron durante este período fueron en estructuras a nivel del Estado; por ejemplo, la pérdida de la independencia del Banco Central, el control sobre PDVSA y su puesta en función de los gastos del gobierno, esa cada vez creciente dispensiocidad en el uso de los recursos, esa falta de disciplina en su uso –pareciera que los recursos petroleros se convirtieron en una especie de caja chica para resolver–, esa idea de que las cosas se resolvían a punta de realazos, de dar, y que reprodujo la típica práctica populista de la dadiva: un Estado dadivoso, frente al cual sólo queda el agradecimiento, supuestamente; un vínculo político basado en el agradecimiento, supuestamente, que caracteriza las prácticas clientelares más rancias del populismo adeco.
Hay un par de libros de Luis Britto García: La máscara del poder yEl poder sin la máscara. Yo le comentaba al maestro Britto que lo que él analizaba ahí con relación a AD y Copei se aplica igualito al chavismo; sobre todo ese chavismo que viene después de 2007-2008. Acompañado eso de unos cambios que, sí, yo creo que son estructurales, que tienen que ver con cómo se reparte la renta.




—Una herencia pesada, esa del populismo rentista. ¿Cómo se manifiesta ese legado?
—En la época de la llamada cuarta república, del predominio adeco-copeyano, había unos mecanismos institucionales por medio de los cuales los dos partidos principales –y algunos adyacentes ahí– llegaban a acuerdos con la cúpula empresarial –los cargos de ministro de finanzas, o encargados de la economía, se los daban a los sectores empresariales–, y también con una casta sindical: había como mecanismos institucionales para el reparto de la renta en función, supuestamente, de crear un capitalismo criollo. Que fue capitalismo en el sentido de que se basaba en el capital, en el trabajo asalariado –las características más generales de la producción capitalista–, pero sin ninguno de los rasgos innovadores, de desarrollo, digamos, que tiene el capitalismo.
Nosotros nunca dejamos de ser capitalistas dependientes. Y, peor, con las características rentistas que tenemos. Con el agravante de que nuestra cultura, el sentido común de nuestros sectores dirigentes, no son el sentido común y la cultura de los monarcas árabes, de Arabia Saudita o de los príncipes de Dubái, que son culturas aristocráticas y monárquicas, en las que ellos saben que son parte de la clase dominante del mundo y ponen sus capitales en función al capital financiero. Aquí no, aquí hubo un despilfarro tal, una falta de visión que, bueno, ya muchos lo han comentado.
Foto Rafael Briceño
Un error terrible
—¿Y no era precisamente contra eso que insurgía la revolución bolivariana?
—Hasta 2006-2007, el chavismo es la redistribución de la renta: si antes la renta se distribuía en función de alimentar a una burguesía o a sectores dominantes, lo que se medio aclaró en el proyecto chavista –fundamentalmente desde 2001 o 2002– es que era un proyecto redistribuidor de la renta. Jorge Giordani, que es el cerebro de ese período, lo definía como “socialismo petrolero”, un socialismo que se caraterizaba por la redistribución de la renta: lo que se llamó “el pago de la deuda social”, en términos de educación, salud, alimentación, etc. Una redistribución hacia los sectores populares y pobres.
Pero cuando se trató de redefinir la cosa, a la altura de 2007-2008, no se logró. No sólo no se logró porque fracasó la propuesta de los cinco motores –¿te acuerdas?, cinco motores de los cuales cuatro se quemaron y uno botaba aceite, algo así, y eso lo dijo Chávez, no lo estoy diciendo yo–, eso fracasó… Mira, uno de los motores era la reforma constitucional, y para eso se hacían unas discusiones en lo que para esa época eran en las patrullas del PSUV –yo incluso participé–, pero eso, primero, no era discusión, era aclamación; no había posibilidad de presentar propuestas diferentes. Sobre todo, era una propuesta que yo vi como la creación de más burocracia. Era como agregarle al Estado otras instituciones, otras estructuras burocráticas, paralelas, que demandarían más recursos, etc., y que, eso es lo más importante, estarían controladas por el Poder Ejecutivo.
—¿Un “poder popular” controlado por el Poder?
—Lo que se llamó el “poder comunal” siempre fue pensado como una estructura estatal. Y yo creo que allí hay un error conceptual terrible, terrible. Que, incluso, el propio Chávez, en el famoso “golpe de timón” del 2012, lo vislumbró, pero como que no lo terminó de ver… Esa es una escena bien impactante. Yo tuve la oportunidad de dar una charla sobre el legado de Chávez, y pusieron ese video: la reunión de gabinete del “golpe de timón”. Ahí lo impactante, primero, es que de verdad Chávez le dio una coñaza a los ministros: les reclamó, los llamó de todo, les formó un rollo. Fue muy dura la crítica. Pero por otra parte hay una frase que dice él ahí, que se ve que el tipo como que se pregunta: “Coño, ¿será por aquí?”. El tipo dice: “Yo como que voy a eliminar el Ministerio de las Comunas. Ningún ministerio está asumiendo eso porque hay un Ministerio de Comunas, yo como que voy a eliminar esa vaina”. Ahí él vislumbró, pero no lo terminó de ver, que el problema del “poder popular” no es un problema desde el Estado. Porque si tú lo impulsas desde el Estado –y más si es un petro-Estado, con una serie de mañas, malas costumbres y vicios, que son esos a los que me estoy refiriendo–, lo transformas en un mecanismo clientelar. Como, de hecho, en gran parte, lo es.
No niego que haya auténticas experiencias de participación popular, de formación de una nueva cultura política, que por lo demás se han dado en sitios donde hay tradición en ese sentido, como el estado Lara, tal vez Carabobo. Pero digamos que se reproducía eso. Desde el momento en que tú piensas que el poder popular es otro poder del Estado, y no un poder paralelo –como algunos otros compañeros lo han pensado, quizá como ecos, como una mixtura de ideas que ya se dijeron alguna vez: la idea de Lenin al plantear los Soviets como un poder paralelo al Estado zarista, o la idea de que sería un nuevo Estado el que iba a sustituir al otro, y entonces los consejos comunales iban a sustituir a los alcaldes, a los concejos municipales–, desde ese momento se pierde la perspectiva de lo que se trata.
—¿Que sería…?
—Que es, que era una verdadera revolución popular: cambiar la cultura política del venezolano, hacerlo más participativo, tal vez, más responsable –ser responsable implica estar consciente de las normas, cumplirlas–, más disciplinado, en el buen sentido de la palabra: no la disciplina adeca de “tú haces lo que yo digo”, sino una disciplina en el sentido de que si vas a sacar el perro a hacer sus necesidades, recógelas; o dile a los carajitos que no lancen la pelota porque le pueden dar a una señora. Ese tipo de cultura cívica de condominio, pues. Una cultura mínima, que nosotros los venezolanos no tenemos o tenemos muy poquito, como es el cuido de los espacios públicos, etc.
—Ese tutelaje del que Ud. hablaba, ¿no lo ejerce también el Estado, o el gobierno, sobre las organizaciones políticas del chavismo?
—Sí, por otro lado hay esa identidad partido-gobierno-Estado, en la que todo es la misma cosa. Un partido que, además, no tiene la tradición de lucha del PT brasilero, o del Frente Sandinista en Nicaragua, o del MAS de Bolivia; un partido construido desde el poder, a base de recursos, y eso te marca un tipo de militancia… Mira, yo milito desde los 17 años y uno militaba sin recursos. Fui secretario juvenil del MIR en el 78, 79, y bueno, uno se las arreglaba. Nadie le estaba pagando por eso. Hoy en día, para mover a la gente, lo primero que te dicen es: “Bueno, ¿y la logística?”. La logística es “yo hago esto, pero por lo menos dame la comida, dame una vainita”. Y eso es completamente comprensible, pero si estamos hablando de una militancia revolucionaria, está fuera de lugar.
Foto Rafael Briceño
Golpe tocuyano: un show a dos voces
—Tampoco del lado opositor hay una definición clara de lo que se quiere, una propuesta explícita para el país.
—Tampoco. Porque la oposición que tenemos se construyó a partir del rechazo a Chávez, no de un proyecto de país. La oposición nuestra es tan chavista como el chavismo, sólo que es el negativo de la foto. Entonces, no está nada claro, ni siquiera para ellos mismos, qué es lo que plantean. Y eso no lo digo yo, lo dice Fausto Masó, un columnista que considero inteligente, del lado de la oposición, y dice que ahí no hay nada, que “amaneció y vamos a ver qué hay”, pero que ni siquiera hay una confianza.
Que al final, creo, es lo que va a pasar: una pérdida de confianza de la población hacia sus dirigentes. Algo parecido –pero no igual– a lo que pasó en los 90. En los 90 yo te decía a ti “político” y tú me respondías “la tuya”, o sea, decirle político a alguien era insultarlo. Eso puede volver a ocurrir, porque la ilusión se perdió, de lado y lado. Lo que queda es cierta confiancita o cierto apoyo condicionado: “Mira, yo te apoyo si tú me resuelves esto”. Ya no hay un compromiso político con una visión, con un proyecto, sino más bien ese voto castigo o un apoyo condicionado. Muy frágil. Cuando ocurre eso, las situaciones son imprevisibles, y más si se tiene una situación económica como esta, que todo el mundo sabe difícil. Ahorita el debate político es tan… de entretenimiento. Yo lo llamo “política de entretenimiento”: es mantener entretenida a la gente.
De lado y lado, ¿no? Al menos en eso parecen estar de acuerdo…
—De lado y lado. Es mantenernos entretenidos. Algo así como el golpe tocuyano, que alguien dice “usted es gordo” y el otro replica “usted también”, “usted es flaco”, “usted también”, una cosa así. Eso es entretenimiento, para mantener a la gente ahí aplaudiendo, en actos, en marchas. Pero, coño, eso no sirve para hacer política, para hacer política de Estado, y menos en unas condiciones tan criticas como las que vive el país ahorita.
—Ya en diciembre hubo unas declaraciones muy fuertes, por parte del chavismo, cerrando toda posibilidad de llegar a algún tipo de entendimiento. ¿Forma parte de eso, del entretenimiento?
—Me da la impresión de que es como tanteando. Están tanteando el terreno, pero lanzando coñazos, a ver qué pasa. Y del otro lado también: el ataque de Ramos Allup a la ANTV, la idea esa de cerrar el Cuartel de la Montaña. Que son cosas sencillas, son como gestos para decirle a sus respectivas galerías: “Mira, yo soy más arrecho que el otro, si él me insulta así, yo lo insulto asao”. Por eso digo que es una política de entretenimiento. Porque los grandes problemas, de los que todo el mundo está pendiente, son los problemas económicos, fundamentalmente. Ahora acaba de realizarse un congreso económico, de economistas chavistas. Bueno, ojala que de ahí salga algo, medidas que se debieron tomar hace tiempo: la unificación de los tipos de cambio, aumento del precio de la gasolina...
Uno de los organizadores de ese congreso, Tony Boza, ponía énfasis –al hablar de las causas de todos estos problemas– en lo simbólico. ¿Se puede pensar, frente a la complejidad de la situación económica, que el problema mayor es simbólico? ¿O se trata de producir?
—Se trata de producir. Claro, está la idea de que la economía no puede ir sola; la economía es un hecho social, está metida en una complejidad social, y allí la cosa simbólica es muy fuerte, la cuestión emocional: hay odios, hay resentimientos, hay honor… Cualquier cosa se puede convertir en un punto de honor. Eso no es bueno, porque si cualquier cosa se convierte en punto de honor, no nos podemos poner de acuerdo en nada, no sale nada adelante. Hay que buscar lo importante. Me da la impresión de que ahorita la función del liderazgo político debería ser esa, decir “esto es lo más importante, esto otro es menos importante”, para ir definiendo en qué se puede ceder y las cosas en las que no se negocia.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, no se puede negociar la Constitución, de ninguno de los dos lados. Ni siquiera verbalmente. No pueden seguir saliendo expresiones como “de todas maneras el Parlamento es una institución burguesa”. Eso no debe ocurrir, esas son regresiones. Nos regimos por la Constitución y eso debiera ser un punto de acuerdo –y de honor– de todos los venezolanos. ¿El otro punto? Coño, vamos a resolver el problema económico. Y ahí hay que ser pragmáticos.
—¿Qué significaría hoy ser pragmáticos?
—Mira, en febrero yo tuve una reunión con un dirigente del Partido Comunista cubano. Él nos explicaba –era por un trabajo que estábamos haciendo en el Celarg– en qué se basaban los cambios que se vienen haciendo en Cuba. El primer fundamento, nos decía, era el Lenin de la “nueva política económica”, de los años 19 o 20, que fue cuando el poder soviético llegó a acuerdos con la burguesía para –se diría hoy– “reactivar el aparato productivo”: respeto a la propiedad privada, mecanismos de mercado, etc. Y el otro fundamento era el Che: algo que dijo el Che los llevó a ellos a plantearse que lo más importante para los cubanos ahorita es conseguir capital, tecnología y mercados. Una formulación más pragmática que esa no la he escuchado jamás. Bueno, tal vez la de los chinos, pero ya eso no es socialismo, eso es otra vaina. Lo que quiero decir es que el problema económico está tan mal, que debería haber un acuerdo ahí, uno pequeño, para por lo menos garantizar el alimento, la comida, y luego poco a poco ir definiendo otras cosas. ¿Cuáles? Bueno, en toda visión estratégica, por ejemplo, tiene que estar en un lugar importante el problema de la ciencia y la tecnología, que aquí nunca se ha asumido seriamente.
Foto Gabriela García
“¿Socialismo? ¿De qué me habla?”
Ud. hablaba de los cambios estructurales, en el Estado, en la política… ¿Y en el campo económico? ¿Ha ocurrido en la economía algún cambio de tipo estructural, algo a lo que pueda llamarse socialismo –un socialismo “X”, aunque haya muchos socialismos–, y deba considerarse un punto de honor?
—La forma de distribuir la renta. Ese es el cambio estructural del chavismo. Históricamente hablando, lo que el chavismo hizo cambiar –aparte del marco constitucional y la politización de la vida del venezolano– son los mecanismos de distribución de la renta. Que, sí, rompieron el famoso esquema de conciliación de élites de AD y Copei: eso se acabó. Y bueno, había una forma de distribución de la renta con unos criterios hacia los sectores populares, pero eso degeneró en dádiva y clientelismo.
¿Socialismo? Lo que pasa con esa palabra es que después de significar tantas cosas, ya casi que habría que preguntar: ¿de qué me estás hablando? Como lo hizo Rigoberto Lanz: “¿Dijo usted socialismo? ¿De qué me habla?”. Porque ya no podemos, después del siglo XX, hablar del socialismo como transición al comunismo, a una sociedad sin clases y sin Estado. No hubo tal cosa, la historia cogió para otro lado, la historia no cogió para el lado que preveía Marx, agarró por otro lado y, bueno, hubo revoluciones que se dijeron socialistas, en el país más atrasado de Europa, primero –Rusia–, y luego en países coloniales: China, etc. Allí hay, entonces, una labor teórica importante: redefinir el socialismo.
¿Conciencia política, necesidad de participación? Sí. ¿Presencia de las masas en las calles? Sí, eso hay. Aunque tal vez allí habría que observar que esa cultura política de participación debe ir acompañada de mayor seriedad en los planteamientos. Porque yo me imagino que ahorita, para resolver el problema fundamental, que es lo básico: la comida, el abrigo, la vivienda –y sobre eso hay todo un rollo, con la Misión Vivienda: todos los arquitectos y urbanistas con los que he conversado me dicen que eso es un desastre– y cosas como la salud, el recrudecimiento de ciertas epidemias que supuestamente habían sido controladas y resurgen, todo eso requiere de la participación de la gente. Pero de la gente en general. Ahí no puede haber ese esquema sectario de chavistas/antichavistas. No se puede. Porque ahí hay que buscar es la eficacia, y eso a su vez requiere el desarrollo de una conciencia cívica: responsabilidad sobre los espacios públicos, educar a los niños, cosas básicas de la convivencia cívica, y eso hay que retomarlo.
Lo pregunto porque, apartando el tema de la distribución de la renta, no parece haber dos pensamientos, dos estructuras económicas enfrentadas, sino –tomando sus palabras– un mismo petro-Estado–, un mismo clientelismo. Entonces, ¿qué es lo que allí está en juego, que no permite ponerse de acuerdo?
—Mira, el marxismo en Venezuela tiene que adaptarse, porque aquí la lucha de clases es por la renta, ni siquiera es por la plusvalía. Y si nos atenemos a la explicación de la renta por parte de estudiosos del tema –como Asdrúbal Baptista–, esa renta es la plusvalía de los trabajadores de otros países. O sea, que la lucha de clases de aquí es por la renta. Esa es la disputa principal, social y política: por la renta. Y el problema es que ya no alcanza, y no va a alcanzar por un buen rato. Uno siente que los actores sociales y políticos de este país todavía no han caído en cuenta de eso; todavía se mueven con la esperanza de que de pronto haya una guerra arrechísima que vuelva a disparar los precios, como en la década de los 70 con las guerras del Medio Oriente. Y no se dan cuenta de que, sí, ahorita hay guerras arrechísimas… y nada, el petróleo sigue con unos precios que no corresponden.
Y no sólo eso, sino que además el estancamiento global afectó incluso todos los commodities, toda la exportación de materias primas de una cantidad de países, y esos países están en problemas. Ahí están en problemas todos los latinoamericanos, por ejemplo; empezando por Brasil, Argentina, y ni se diga nosotros. Porque basamos nuestro crecimiento económico, que no desarrollo, en esa disponibilidad, en el beneficio de los precios de esos productos en el mercado mundial. Pero eso cayó, y cayó porque hay un estancamiento general, y no se le ve luz.
Foto Dagne Cobo
Chávez: el legado y la efigie
Chávez llegó a decir que si le ponían el petróleo a un dólar, la revolución bolivariana seguía adelante…
—Bueno, Chávez es un caso, un caso digno de los tantos estudios, miles de libros que se han escrito sobre él. Es muy poco lo que se puede decir de nuevo sobre Chávez. Pero Chávez contaba con el encanto –el carisma, dicen los bebberianos– y podía motivar grandes movimientos y entusiasmar a la gente. Eso se murió con Chávez. Lo que queda es la efigie, el ícono, el recuerdo y la veneración hacia su figura. Pero eso debe ir acompañado por un proyecto, que no sé si lo haya. Y me duele, me pone muy triste, pero creo que se perdieron las perspectivas, sinceramente.
Con esto del legado, hay como un temor, o más que temor, a pensar que Chávez pudo haberse equivocado, o que Chávez pudo no haber llevado esto por el camino que era. Ese temor, esa forma de pensar, ¿no son la negación misma del “golpe de timón”?
—Sí, de cierta manera. Mira, Chávez fue el dirigente de izquierda más exitoso de Venezuela, y cuidado si de América Latina. Lo que él hizo está al mismo nivel de Fidel Castro o tal vez más, porque logró toda esa onda de la integración latinoamericana, en un momento en que se iba a imponer el ALCA y él logró que varios gobiernos lo rechazaran. E inició toda una onda de gobiernos progresistas de izquierda en América Latina, replanteó la cuestión del socialismo frente al neoliberalismo. En ese sentido, la grandeza de Chávez es indiscutible. Extraordinaria. Además, un líder sumamente hábil, estratega, genial. Yo creo que fue un genio político. No estoy diciendo con esto que Chávez fuera un filósofo o un profeta, ni mucho menos; el tipo lo que era es un tremendo líder político, como nunca lo habíamos tenido en la izquierda venezolana.
Y el chavismo, además, ha tenido la capacidad esa de convertirse en sentido común político de los venezolanos porque es una síntesis de muchas cosas. Hay un libro de Lenin titulado Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo; bueno, podríamos hablar de “las tres fuentes y las tres partes integrantes del chavismo”: una es el bolivarianismo, que es el mito heroico de Venezuela, Bolívar, Simón Rodríguez, “el árbol de las tres raíces” (que fue una reelaboración de Douglas Bravo, porque la izquierda marxista no se había apropiado de la figura de Bolívar sino hasta los 70, mientras que antes, desde el marxismo, Bolívar no era visto como mucha cosa). Otra sería el cristianismo, pero el cristianismo de la teología de la liberación –la idea de una iglesia al lado de los pobres, el valor de la pobreza, del pueblo–, que, aunque en Venezuela no se nota mucho, es una tradición latinoamericana muy fuerte, especialmente en países como Nicaragua, Brasil, Argentina. Y tres, la tradición marxista, que, como las otras dos, es contradictoria, pues. Por ejemplo, esa idea del “socialismo con arpa, cuatro y maracas”, que es una forma de definir a Chávez, bueno, esa frase es de Teodoro Petkoff, en el libro El socialismo como problema, año 69: “Un socialismo que se parezca a nosotros”, dice allí Petkoff. Además del “socialismo democrático” o el abandono de la tesis de la dictadura del proletariado.
—¿Qué surgió de esa mezcla? ¿Qué pasará con ella?
—Bueno, todas esas cosas están en el discurso chavista. Chávez logró sintetizarlas, cuando, incluso, a veces son medio contradictorias unas con otras. Porque, por ejemplo, mezclar la tradición guevarista, la tradición del guerrillero heroico, con la visión del “socialismo por la vía democrática”, no es sencillo. Bueno, él pudo recurrir a Allende, pudo recurrir incluso a los sandinistas, pero son elementos contradictorios, si te pones a verlos con lupa. Y sin embargo, cuando tú los juntas en un coctel, allí están: más de dieciséis años y seguimos girando en torno a esas ideas movilizadoras, esos mitos movilizadores, como los llamaba Georges Sorel. Chávez logró capturar la cosa.
Los periodistas deberíamos estudiar más el caso de Chávez. Hay un libro, de Andrés Cañizales, que se llama La presidencia mediática, pero hay que profundizar más en esa dirección. Porque Chávez logró pasar el umbral de sobreexposición. Un umbral peligroso, porque si tú te sobreexpones, si pasas todo el día con una cámara encima, no podrás evitar que en algún momento se te vaya una indiscreción, una mala palabra, o digas una pendejada, y eso salga públicamente: nadie es brillante todo el tiempo. Chávez atraviesa ese umbral y logra una vaina que es propia de los medios, de la televisión, que es lograr una intimidad afectuosa. Entonces, la gente quiere a Chávez porque es el loco de la casa, en el peor de los casos, y en el mejor es el papá que está ahí siempre, y así fue para mucha gente. La gente aprendió política con Chávez, a través de Chávez. De otra manera tú no te explicas cosas como esos cinco millones de votos.
Mira, para un militante de izquierda de los 70, eso es arrecho. Uno que estaba acostumbrado a que “bueno, vamos a hacer una gran marcha, la marcha de las cien mil banderas”, y yo, que militaba en el MIR y estaba carajito, echaba vaina: “bueno, entonces vamos a tener que ponernos diez banderas cada uno, para ver si así llegamos”. Y de pronto tú ves a un tipo que, hablando de socialismo y de antimperialismo, moviliza a toda esa masa. Eso es importante, es increíble lo que logró Chávez. Con esa sobreexposición. Eso quedó ahí. ¿Cuál es ahora la posibilidad? Que Chávez se convierta en una figura como Perón. Que a nombre de Chávez haya distintas tendencias políticas. Eso puede ocurrir en Venezuela: que la cosa quede como una referencia, como un símbolo. Y de lado y lado.
Foto Dagne Cobo
Tácticas de guerra
—Decía Ud. antes que no hay en el campo de la oposición un proyecto de país. ¿Cuenta ella con algún otro elemento para contrarrestar ese símbolo?
—Yo no veo del lado de la oposición un elemento similar, no lo veo. Incluso, para ellos es un problema tener ahí a AD y Copei. Para ellos es un problema, y eso que los adecos tienen una tradición a la que pueden apelar, ¿no? Pero es difícil. No me gustaría estar en sus zapatos.
—Sin el carisma del líder, por una parte, y sin proyecto de país, por la otra, ¿qué puede pasar? ¿Quién se puede imponer?
—Bueno, ahorita están dadas las condiciones para que salga otra cosa. Algo nuevo. Cuando hay esos vacíos… tú sabes que la historia le teme a los vacíos. Puede salir cualquier cosa, no lo sé. Hay condiciones para otra opción distinta a las dos planteadas. A algo de eso jugó el MAS, pero no lo logró. O lo jugó Marea Socialista, también, pero la polarización los aplastó. No sé, puede ocurrir cualquier cosa, es imprevisible. Lo que uno desearía es que hubiera acuerdos, que se definieran los puntos de honor y los que no lo son. O por lo menos un ritmo de acuerdos: como cuando tú sales con una carajita, y entonces lo primero es el café, luego el cine: tú sabes que no se puede pasar del café a la cama. Que tienes que ir “trabajando” eso. Algo así. Ojalá haya esa racionalidad.
Hay esperanzas: por ejemplo, ese congreso de economistas; allí hay gente que yo sé que son serios, que pueden asesorar al Presidente. Ahora, que el Presidente se deje asesorar, esa es otra cosa. Y, por otro lado, que se entienda, que entiendan quienes ahora pretenden ganarse a una gente, que no se puede empezar faltándole el respeto a lo que esa gente más venera. Por ejemplo, la imagen misma de Chávez. Es como si un testigo de Jehová tocara a la puerta de tu casa, donde todos son católicos fervientes, y lo primero que dijera fuese: “¡Eso es idolatría, tener a la Virgen ahí!”. Mínimo le trancas la puerta.
Pues da la impresión de que, en lugar de una táctica de “levante”, lo que prevalece es una idea de “en lo que te descuides te violo”…
—Una táctica de guerra, sí. Eso es feo. Mira, mi amigo Ricardo Azuaje publicó un artículo en el que decía que “el chavismo quedó como cucaracha mal pisada”. Si lo hubiera dicho en otro contexto, yo le celebro el chiste. Pero a mí me sonó más a Ruanda. ¿Tú te acuerdas del conflicto en Ruanda, de los hutus y los tutsis? Precisamente, uno de los insultos de los hutus a los tutsis era el de “cucaracha”. Claro, dicho así en una calle, o entre palos, no pasa nada. Pero dicho en este ambiente, es muy malo, porque arrancas despreciando al contrario; y del desprecio a aprobar una matanza, hay un pasito. La experiencia mundial es esa. Y en una situación económica difícil como esta, y con la delincuencia organizada metida, los paramilitares por ahí, las ganas de caerle a coñazos al otro…
Y eso que este pueblo ha demostrado una gran cultura de convivencia en circunstancias difíciles. Por ejemplo, en los años 2002 y 2003 se demostró que este pueblo es muy pacífico y amoroso. En pleno paro petrolero se formaban las colas de carros para poner gasolina, y estaban los dos bandos ahí, y lo peor que podía pasar era que se insultaran, más nada. Pero es mejor cuidar el lenguaje. Ojalá se den cuenta de que no pueden hacer política para la galería. O sea, Maduro no puede hacer política para la “esquina caliente”.
Foto Ernesto García
Usted mismo ha señalado en sus escritos que hay mucha arrogancia, que hay un lenguaje demagógico, pendenciero.
—Sí, y eso no es conveniente. De ninguno de los dos lados es conveniente. Ni el lenguaje de Ramos Allup, ni el de la otra gente. Tiene que ser otro el lenguaje. Ahora, de otra parte me parece muy bien eso que hizo el Presidente, de pedirle a los ministros y la dirección de PSUV poner sus cargos a la orden. Eso me parece muy bien. Incluso, estoy en un grupo en el que planteamos eso. Un grupo como hay muchos en el país: de gente que se reúne y que decide montar un blog para escribir, y da la casualidad de que todos somos columnistas de periódicos, gente que ha estado en el ámbito académico y político. Entonces, planteamos que sí, que hay que hacer una gran revisión, una gran reflexión, que no puede ser en función de evaluar la derrota electoral.
Aquí hay un problema más de fondo, aquí el problema es el proyecto: ¿a dónde vamos? ¿Cuál es el socialismo que se plantea? Porque el “socialismo petrolero” que le planificó Giordani a Chávez durante tantos años, ya eso no es. Tiene que ser otra cosa. Sí, puede ser por la vía del poder popular, pero al poder popular no lo puedes convertir en un apéndice del Ejecutivo. Eso no va a funcionar así. No funcionó, se convirtió en una cuestión clientelar. Y bueno, eso malacostumbra a la gente y es una forma de corrupción también: que la gente no haga las vainas y sólo persiga un beneficio inmediato. Se pierden las perspectivas. Y se convierte la política en eso, un “negoceo” permanente de prebendas y de vainas.
O hasta peor, porque esa es la formación política que de hecho impartes, por más charlas que tú des. Parece que algunos compañeros entienden por formación política que tú des charlas. ¡Por favor! Formación política también es el ejemplo, es la forma como se hacen las cosas, es una práctica, y la gente se va acostumbrando a ella: aprende a llegar a tiempo, aprende a cumplir con la palabra dada, aprende ciertas cosas. Y eso es práctica, eso es crianza.
En un artículo reciente, Ud. señalaba que el chavismo se ha concentrado en la preservación del poder, pero sin un proyecto. ¿No se desgasta eso? ¿No termina produciendo más bien un daño terrible?
—Incluso desde el punto de vista de la razón y del corazón. Hay mucho corazón en la política venezolana, pero eso debe ir acompañado de algo. Amor con hambre no dura. Ya no hay amor, yo creo que ya no hay amor. Ya no hay ilusión, o son ilusiones un poquito alucinantes. El peligro que tenemos es ese: ir a un proceso de descomposición social muy agudo, que puede llevar a un camino de guerra civil, qué sé yo. Mucha violencia contenida, que puede coger caminos imprevisibles. Claro que dentro de lo imprevisible está el que surja otra cosa. Porque así como nosotros, hay muchos venezolanos que están pensando igual: pensando en el país, no en términos de chavismo ni de oposición, sino en términos de país. O de mi familia, o de la universidad: tantas cosas que se están cayendo y a la gente le duelen.
—Para algunas encuestadoras y ciertos analistas, ese parece ser un sector social muy amplio, sólo que carente de conducción o liderazgo. ¿Qué posibilidades tiene de expresarse, de exigir?
—Se expresó de cierta forma en el voto castigo al chavismo; se dice que hubo abstención de los chavistas. Me da la impresión de que los dirigentes del PSUV y del gobierno están apostando a que ese chavista se arrepienta, y es una apuesta bien arriesgada, muy arriesgada, porque están suponiendo muchas cosas. Mira, en el caso de Argentina tú sí puedes decir que es Macri el que está aumentando los servicios, el que está desmontando ciertos avances, pero en este caso es desde la Asamblea y con un Presidente que puede vetar leyes. Y aunque al final la Asamblea puede hacerlo, la responsabilidad es compartida: es Gobierno y Asamblea. Es más difícil y mucho más matizada la discusión.
Es mejor plantear la vaina de conjunto –lo económico, por ejemplo–, con un orden de prioridades: “Esto es más importante que esto otro”. Si estamos de acuerdo en que el sistema electoral nuestro es una maravilla, pues bueno, ya está, ya pasó, acepta los resultados. ¿Que compraron unos votos? ¿Y de este lado, cuando repartiste las tablets? ¿Qué esperabas? Bueno, lo que están haciendo, están recogiendo las taxis que entregaron: eso es que tú esperabas recibir unos votos a cambio del taxi. Y así caemos en el golpe tocuyano: “Usted es muy flaco”, “Usted también”, ”Usted es un coño’e madre”, “Usted también”.
Mejor planteemos un proyecto de país: Mira, vamos a un país post-petrolero, tenemos que desarrollar la productividad de la gente, vamos a un compromiso con la clase obrera, con el sindicalismo, para desarrollar la disciplina laboral y la productividad, tranzamos en esto, no cedemos en aquello. Y sí, puntos de honor hay muchos, pero no todo puede ser punto de honor.


VΞЛΞZUΞŁΛ+ @AlbedrioRadical

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