La locura anda suelta; por Luis García Mora

“El hombre desesperado”, por Alberto Durero, 1515 / Haga click en la imagen para ver en tamaño completo.

Maduro asistió por fin a la Asamblea y no rindió la Memoria y Cuenta de “un catastrófico 2015” como dijo, sino de su catastrófico manejo de 2015. Y lo saben él, su nuevo equipo de ideas viejas y el país que lo  obliga a dar una vuelta de tuerca, le quita el apoyo parlamentario y lo pone a bailar en puntillas al borde del caos.
Y es aquí, al cortar el bacalao, que le notamos contraído y sublime a la hora de controlar cada paso sobre la tensa cuerda de su destino político. Primero, para aferrarse como un rencor al Tribunal Supremo de Justicia y comenzar a tasajear la mayoría parlamentaria. Pero más allá: después de la espectacular victoria electoral del pasado 6-D, tratando de cortar la iniciativa a la oposición y colocarla a la defensiva, ante la ausencia por su parte, de un contundente planteamiento económico.
Porque se sabía que su manejo lamentable de esta crisis junto a la caída en barrena de los precios del petróleo, pulverizaría de una vez por todas, la tesis marxista de la abundancia, central en los modelos clásicos de socialismo y en la oligofrenia económica que nos agobia, según la cual el modo de producción socialista, a diferencia del capitalista, está en condiciones de asegurar un crecimiento ilimitado de las capacidades productivas.
Después de haber destruido (él y Chávez) casi por completo el aparato productivo privado (acabaron con casi 8 mil empresas) para asegurar este truculento fraude político y social.
El 6-D ha actuado psíquicamente como una válvula de escape ante la acumulación explosiva de energía social y política y, más allá de las acostumbradas reacciones reflejas, debería servir de alerta a Maduro y a la Asamblea.
La discusión en cámara de ese decreto de emergencia económica que generaliza objetivos y acciones y vacía de contenido técnico-profesional el diagnostico y solución de la crisis, es pasto para la convocatoria de los ministros de la economía a rendir cuentas, a desnudar las cifras y a analizar en común la salida a este desastre.
Maduro se ha dado 60 días para solucionar la emergencia. Por primera vez se refiere a un tiempo concreto, para ver si logra conjurar la grave amenaza de ingobernabilidad y caos que encierra esta bomba de tiempo, que como aquella “Madre de todas las batallas” de Sadam Hussein, es hoy aquí la “Madre de todas las crisis”.
Y si no es lerdo, debe saber que esta composición del gabinete económico no amedrenta a nadie sino que más bien preocupa, pues sumado a la emergencia, no hace más que colocar ante nuestra cara la continuidad de un camino fallido y su discrecionalidad, al omitir las pocas trabas que quedaban.
Con la amenaza de un “corralito”, entre otras locuras.
Pero se quita del lado a Cabello. A quien no le da la Vicepresidencia, que fue para Istúriz, ni el despacho de Defensa, en el que privilegia a Padrino López, que como él, sobre la mesa de la opinión publica y hacia el interior de las FAN, baraja constantemente las cartas.
No. No es fácil salir del laberinto.
Y en política hay que tragar duro para funcionar.
Por lo que habría que medir con precisión el verdadero calibre o diámetro de la actual circunstancia.
Ni a Ramos ni a Maduro les debe estar dejando de preocupar que la crisis se desborde y coja la calle. Que el Gobierno, solo, pueda cambiar el rumbo del desastre. Y que, aún más allá, la oposición pueda ahora reordenarse, después del bache del 5-E para cambiar al Gobierno.
¿Puede ser cambiado el Gobierno? Sí, pero va a ser cambiado por la crisis, por la gente. Y la Asamblea, a las luces de lo que el viernes ocurrió, juega a servir de facilitadora para que Maduro se haga cargo de su fardo. Porque perdió un tiempo precioso para las iniciativas. Y aupó un conflicto innecesario, además. Y la iniciativa la va a recuperar, pero por presión de la gente. En esto jugará un papel importante no tanto el rendimiento de cuentas del viernes, sino el decreto de emergencia económica, donde la Asamblea verá si hay o no un plan en la urgente convocatoria a los ministros de la economía para que expliquen la situación.
La calle no la está controlando nadie. Ni la Asamblea ni el Gobierno. La gente está en su crisis. Con un estado de ánimo igual a las semanas previas al 6-D.
Porque no crea, amigo lector, así como muchos dirigentes se están interrogando si ante las circunstancias están en condiciones de alcanzar la unidad de criterio, adelantarse a los tiempos y solicitar la salida de Maduro, también lo hacen en el sentido de esperar o no a que “esto se lo lleve en los cachos”.
Porque finalmente, al término del día, igualmente consideran con atención qué hacen con el poder a 20 ó 15 dólares el barril.
Cómo se llega a un gobierno de emergencia y unidad nacional en una situación como esta, completamente inédita.
Como decía un eminente jurista: “Hemos transitado un modelo de Estado total”.
Que acaba de saldarse con un rotundo fracaso y ya no forma parte de ningún proyecto político ni está en el horizonte programático de nadie.
Lo único que que se respira en el ambiente gubernamental –y que uno vio se respiraba entre los actores de esa Asamblea el viernes–, es una suerte de resistencia psicológica a la derrota incondicional.
La creencia de que bastaba la supresión de la propiedad y de la competencia para que emergiera una disposición cooperativa para que los intereses de cada uno y los intereses de todos marcharan de manera armónica, estalló.
El “hombre nuevo” ha muerto.
Y Maduro y su claque económica de emergencia deberán sopesar, ante el inevitable recurso de la represión, que no se puede confiar en la penalización como sistema, edificar con castigos.
No hay tiempo para campos de reeducación.
Cómo decía creo que Albert Einstein: todos somos ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas. Y todo, camaradas, debe simplificarse lo máximo posible, pero no más.
La locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados.
Y ojo: la locura anda suelta por casa.


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