La auténtica unidad: la democracia




La socialización es el resultado de un convenio forzoso: unirse para sobrevivir


Gustavo Luis Carrera
Los supuestos tres postulados de la trascendental Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, sólo adquieren perspectiva real y efectiva en el sistema democrático. Es evidente que se trata de principios esenciales, teóricamente universales; y como tales, son más idealizaciones que realidades. Y todo se resuelve en una búsqueda básica: lograr la unidad nacional; aspiración ontológica de la democracia.
LA UNIDAD COMO SUPUESTO SOCIAL. Desde la remota antigüedad, los pensadores concibieron la sociedad como una corporación defensiva y cohesionadora del grupo humano. Es decir, la socialización es el resultado de un convenio forzoso: unirse para sobrevivir. Así, surge el concepto de unidad como un supuesto identificador del interés común. Pero, nadie ignora que la sociedad es, propiamente, un engranaje de intereses diferenciados, e inclusive contrapuestos. Hay clases, grupos, partidos, credos, orígenes, que dividen y reparten el grupo social de manera indefectible. De otra parte, distintas naciones pueden aparecer incorporadas en la hipotética unidad de un país, de un territorio geográfico. Detrás de todo lo cual surge la pregunta: ¿es posible la unidad social?
LA DEMOCRACIA: ÚNICA RUTA HACIA LA UNIDAD. La democracia no es la unidad; pero, es el único camino posible hacia su logro. Expliquémonos. Decíamos que la unidad es un desiderátum, un propósito fuera de la realidad ostensible. En efecto, al igual que otros postulados ideales, tiene el carácter de esas reivindicaciones humanas que dan sentido al pensamiento positivo y progresista; pero, que quizás jamás se logren en un nivel de perfección. Pero, el que no puedan establecerse de manera total e incuestionable, no impide que sean objetivos tanto materiales como espirituales. Y allí surge la democracia como el sistema, evolutivo y perfectible, que alcanza el súmmum de unidad posible.
SOLAMENTE LA TOLERANCIA ES ANTESALA DE LA UNIDAD. Si aceptamos nuestros supuestos anteriores, referidos a la condición idealista, o quizás utópica, de la unidad social, así como a la capacidad del sistema democrático de lograr la mayor aproximación dable a esta aspiración humana, cabe preguntarse en qué radica esa potencialidad propia de la democracia. Veamos. Si la democracia puede definirse, en forma primaria, como el gobierno de la mayoría sin desmedro de los derechos de la minoría, ya estamos poniendo sobre el tapete dialogante un concepto preciso: la tolerancia. Pero, tolerar no es, como entienden —y aplican— ciertos gobiernos, aceptar que la minoría viva, sin condenarla forzosamente a muerte. No. La idea formal de tolerancia conlleva, necesariamente, la noción de reconocimiento y de respeto. Tolerar es aceptar ideas contrarias y admitir su derecho existencial. Y esto sólo es concebible en la unidad democrática.
VÁLVULA: “La unidad, como precepto social, es el convenimiento de las diferencias. La idea unitaria es la base de la democracia: gobierno de la mayoría con respeto de las minorías. Así, el fundamento de la democracia, y por ende de la unidad, es la tolerancia, es decir la aceptación justa y equitativa de los disidentes. De donde se concluye que no hay mejor espejo de la unidad que la real y tolerante democracia”.
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