El camino de Stefany Hernández hacia la madurez; por Nolan Rada Galindo

Stefany Hernández retratada por Víctor Radovanovic


En Gran Bretaña se suele decir que quien pasa mucho tiempo en Piccadily Circus se encontrará con todas las personas que conoce. En un espacio dominado por los vehículos a motor, debió extrañar que alguien se trasladara sobre un monopatín negro marca Air Walk sobre las diez de la noche el 11 de agosto de 2012. Era la venezolana Stefany Hernández, campeona internacional de BMX. Venía de la Villa Olímpica para iniciar en el Eros de Piccadily Circus una noche de desahogo tras la frustración por ser eliminada en las semifinales del BMX de los Juegos Olímpicos Londres 2012 el 10 de agosto.
En el sitio se genera un incesante tránsito de turistas y británicos a pie, en carros particulares o transporte, como los famosos autobuses de dos pisos. Piccadily Circus parece que nunca se apaga, parece que entre tiendas, el teatro y sitios nocturnos siempre ofrece un espacio al cual asistir. Entre placeres y distracciones, la tentación en Piccadily no es encontrar rostros familiares sino extraviar el propio. Y eso hizo Stefany.
Por calles como las de Soho y el centro de Londres se le pudo ver aquel día, hasta que su paso se detuvo en una discoteca —hay versiones que dicen que fueron dos; ella recuerda sólo una—, un lugar de música latina al que luego llegaría un grupo de periodistas venezolanos. La compañía bailaba salsa mientras ella observaba porque no sabe bailarla. “Pero agarré el micrófono y comencé a hablar. Con dos cervezas, estaba prendida. Obviamente, en entrenamiento tenía tiempo sin tomar y con dos cervezas…”.
Esa noche que comenzó sobre las ruedas del monopatín plegable que llevó desde Suiza porque en Londres “no quería caminar”, entre bebidas, música y caminatas, terminó aproximadamente a las cinco de las mañana en un episodio en el que Stefany se puso a llorar, “y me dijo que ella no podía con esto, que era mucho joderse para nada y que capaz no iba a seguir (en el BMX)”, como recuerda Juan José Sayago, amigo y actual Jefe de Medios de Comunicación de Stefany. En ese momento, todo era contrariedad para ella:
“El deporte no me aportaba nada: tanto que uno hace y las cosas no salen como uno espera. Desde ahí se desencadenaron una serie de hechos y decisiones incorrectas que me tuvieron perdida durante seis meses”
Comercios caraqueños como Dogout en el Hotel Alba, donde comía ceviche, tomaba cerveza y whiskey, y el restaurante Ganadero Grill en el Centro Comercial Ciudad Tamanaco solían ser frecuentados por Stefany:
“Quería darle un vuelco completo a mi vida. Esos días eran una locura. Una locura. Ni me importaba mi vida […]. Yo fui demasiado, demasiado acaba trapos. Siempre he querido ser la número uno en todo”
En Caracas, iba al volante de una camioneta Grand Cherokee plateada que le prestó uno de sus tíos. La aguja de aceleración del vehículo podía ser llevada hasta marcar los 180 kilómetros por hora y además “comía como una gorda”. La esperanza olímpica de Venezuela había pasado de recorrer pistas de bicicross a construir, entre locales y calles, la dinámica perfecta para acabar con su carrera.
El fracaso en Londres 2012 no fue común, caló hondo. Previo a la eliminación en las semifinales y la posterior crisis hay que remontarse a los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011, donde una fractura en el tobillo derecho puso en riesgo su carrera y le apartó del apoyo institucional para el resto del Ciclo Olímpico.
Juan José Sayago, al revivir el episodio, recuerda que pensó que Stefany “no correría más”. Al estrés y el temor natural de la lesión se sumó la posibilidad sugerida por los médicos de que no se recuperaría a tiempo para lograr clasificarse a los Juegos Olímpicos. Tal sospecha se volvió argumento para la Federación Venezolana de Ciclismo y el Ministerio del Deporte para reducir el apoyo. Sin embargo, ante ese riesgo, movida por el dolor y el orgullo, Stefany soltó a Carmen Mendoza, su mamá, una frase que suena a promesa y parece estar bordada de amor propio: “Les dije que sí iba a los Juegos. Yo les dije que iba y ellos me conocen”.
Parte del camino hacia Londres 2012 fue cubierto con dinero de su bolsillo, incluido un viaje a Brasil pasado por lluvia, cuando estuvo esperando un taxi con su bolso y su bicicleta en São Paulo, luego de que otros la mojaran al pasar. Quizá fue éste uno de los momentos que vino a su mente, una vez clasificada a Londres, y tras abrazar a su mamá, cuando le dijo: “¿Viste? Les demostré que podía entrar a las Olimpíadas”.
Esos Juegos eran la cima para una niña que creció rodeada de bicicletas, que creyó haber hecho todo lo posible para estar en ellos y trascender. Aunque todavía no fuera consciente de que le faltaba incorporar cambios en su preparación física y mental, un equipo multidisciplinario, para descubrir que su rendimiento podía ser aún mejor, que lo que había hecho no era suficiente para rendir sobre la bicicleta con el número 469, en honor a la fecha de nacimiento de su sobrina Camila, algo que para ella representa tenerlos sobre la bicicleta en cada carrera, que “es la manera de llevar a mi familia conmigo”.
Para entenderlo, atravesó distintas etapas dentro de esa dinámica de fiestas y desinterés por el deporte, desde comenzar becada a estudiar Derecho en la Universidad Santa María, pasando por un peligroso episodio de tránsito con un señor en la Avenida Bolívar de Caracas, hasta compartir charlas motivacionales con Juan José Sayago y otra con Mariana Pajón, su competencia directa en bicicross, en Colombia.
En la Universidad no resistió más que un par de semanas, incómoda en el ajetreo, el tráfico y la contaminación caraqueña, casi inmóvil en un pupitre dentro de uno de los salones de clase y, quizá, anhelando las bicicletas y las pistas que dibujaba en el cuaderno y que llegó a enviar en imágenes por teléfono a su mamá en Francia. Si no hallarse en las aulas fue insuficiente para encontrarse, sí fue determinante la luz verde del semáforo que vio un día ingresando a la Avenida Bolívar de Caracas tras atravesar el Centro Simón Bolívar.
La señal la invitó a acelerar hasta pasar de los 140 a los 160 kilómetros por hora, aproximadamente. Sobre el asfalto no había otros carros ni peatones a simple vista. “De pronto iba pasando un señor con una carreta. En lo que me vio, el señor se quedó tieso, en vez de seguir, y yo frené con los dos pies”. En este punto del relato, Stefany recrea con su voz en el restaurante Chacao Bistró de Caracas los sonidos que los cauchos de la camioneta producían al ser bruscamente detenidos sobre el asfalto. “Y la camioneta se paró a centímetros, a roce del señor”. Quién sabe qué habría pasado si en vez de 160 kilómetros por hora hubiera estado transitando sobre los 180 a los que solía trasladarse por la autopista cuando salía de la Universidad en dirección hacia El Paraíso, donde estaba viviendo. El hecho detonó una pregunta: “¿Qué carajo estoy haciendo con mi vida?”.
Es posible que esa misma pregunta surgiera de manera velada en las charlas que sostuvo con Juan José Sayago, a quien llama con el diminutivo Juanjo, y que también atravesaba una etapa complicada durante esos meses posteriores a Londres 2012. Juanjo conoce a Stef, como él le dice, desde el año 2009, cuando la vio en los Juegos Bolivarianos organizados en el estado Sucre.
Sin embargo, no fue hasta mediados de 2013 cuando comenzaron a trabajar juntos. Sus conversaciones se fundamentaron en el presente que ambos vivían, entre finales de 2012 y principios de 2013, cuando personalmente cada uno tenía problemas y ninguno tenía claro qué querían hacer con sus respectivas vidas. Stef seguía con la idea de retirarse y Juanjo seguía insistiendo en que se tomara las cosas con calma.
Y llegó un encuentro en Colombia con su principal referencia, su principal contendiente.
A la sombra de Mariana Pajón, “por ahora”
Mientras manejaba un vehículo hacia un encuentro nocturno con amigos del BMX, Mariana Pajón, bicampeona olímpica de la disciplina, comenzó a contarle a Stefany el “tras cámara” de su desempeño. La colombiana compartió con la venezolana parte de los sacrificios personales que ha realizado, el esfuerzo que dedica en el cuidado y atención de su cuerpo: “Duerme temprano, es medio abuelita, pero que todo lo que yo hago es por un sueño más grande, estar en el top de mi carrera deportiva”. Aproximarse desde el asiento del copiloto al lado más humano de Mariana, lejos del brillo de medallas pero a través del cual las consiguió, impactó profundamente a Stefany:
“Ver lo que ella lograba, ver todo el esfuerzo que ella hacía, me hizo pensar: ‘¿cómo voy a pretender querer ser alguien en la vida, si sigo con un ritmo de vida como el que traía?’. En ese momento decidí que no era Caracas, no era Derecho, no era rumbear ni el alcohol. Es que quiero ser campeona olímpica”
Stefany siente que en esa conversación se produjo una conexión tan especial como cuando se conocieron en Melgar, Colombia, en su primera competencia internacional.
Ya en la pista, le llamó la atención una niña con un casco rosado, quien junto a su padre repasaba saltos y hacía la revisión del área competitiva. Se acercó a ellos y les preguntó si podía acompañarlos en la práctica, que ella también quería saltar. Ellos eran Mariana Pajón y Carlos Mario Pajón.
Al rato de estar sobre la pista y las bicicletas, ambas se dijeron sus edades. “Competimos juntas”, concluyeron. Tenían sólo seis años y no sólo compitieron juntas, sino que, sin bicicletas de por medio, también compartieron. “Íbamos a comprar cotufas y entonces ella se reía, porque yo las llamo cotufas y ella las llamaba crispetas. Estábamos descubriendo todas esas cosas”, todas las diferencias culturales entre ambas, enlazadas por un deporte.
“Ella se acuerda de todas esas anécdotas. Qué locura. Cuando íbamos caminando, se caían las cotufas y nos regresamos adonde el señor, le decíamos que se nos habían caído, y nos volvía a dar. Andábamos como las mejores amigas”
Las niñas se presentaron a las familias. Carmen Mendoza, la mamá de Stefany, recuerda:
“Desde ese día, me hice amiga de Claudia Londoño, la mamá de Mariana. Corría el papá, el señor Carlos, los dos hermanos y la niña. Igualito éramos nosotros. Ella me explicó cómo era la niña y me di cuenta de que se parecían en tantas cosas, cómo estaban haciendo su carrera. La mamá me explicó ese día que Mariana corría con los varones, y desde ese día pensé que Stefany, para ser mejor, tenía que correr con los varones. Nunca me la dejaron correr”
Aquello era “un campeonato precontinental, algo así”, recuerda Stefany, quien resume los dos días de competencias en uno ganado por ella y otro por Mariana, quien probablemente lucía el cabello cortado a la altura de los hombros, contrario a la larga cabellera que luce actualmente. “No había final. Eran tres carreras acumulativas por día”. En el primero, Stefany ganó dos de las tres competencias, ganó la primera competencia contra Mariana Pajón.
En Venezuela, Stefany “ganaba con mucha facilidad”, según recuerda. Ante la falta de oposición en el plano nacional, Mariana se convirtió en su principal rival y en una persona a quien admirar. ¿Qué producía el éxito de Mariana en Stefany?
“En un momento de mi vida me dio rabia por las oportunidades que ella tenía y yo no. Pensaba que ella tenía, en los últimos cinco años, cinco campeonatos mundiales, y yo tenía cinco años, desde 2002 a 2007, sin ganar un campeonato mundial porque no pude asistir a ninguno. Me parecía chimbo”
Es posible que cualquier sentimiento competitivo conviva, de forma intensa y constante, con los personales:
“Ella es una persona que he seguido tan de cerca porque hice una conexión muy bonita. Yo iba a un cyber y ponía Mariana Pajón en Google para ver cómo le iba en las competencias. Siempre fue como una proyección. Ella hacía lo que yo también quería hacer; ella estaba logrando lo que yo también quería lograr. Pero lo estaba viendo desde el banquillo. Y, obvio, no competía siempre y las veces que lo hacía, Mariana me ganaba. Siempre había una competencia, una paridad, y me terminaba ganando ella. De repente Mariana se convirtió en lo que es Mariana y eso para mí fue un golpe que… ¡Wow! Sentí… Es la sensación de vivir bajo su sombra”
Entre sonrisas y momentos de seriedad, conviene poner atención al detalle: si habla del lado humano, la colombiana es “Mariana”; si se le aborda desde lo deportivo, la adversaria pasa a ser “la tipa”. No se trata de buscar ninguneos ni rencores, porque su tono de voz ni su mirada sugieren alguna clase de desprecio hacia ella, al punto de confesar que “como ser humano es un referente”. Sólo es cuestión de advertir que, una vez en la pista, quien es admirada pasa a ser una competidora especial.
“Soy de las personas a las que no les gusta seguir los ideales de nadie. Pero en ella siempre he encontrado esa afinidad. Desde que nos conocimos, cuando teníamos seis años, hasta ahorita que tenemos veinticinco, es el mismo ser humano, la misma alma. Sólo que ella es el oro y yo soy el bronce, por ahora”
Desde esa dualidad podría explicarse el cariño que ambas se mostraron durante la premiación en los Juegos Olímpicos Río 2016.
Stefany Hernández retratada por Víctor Radovanovic
Stefany Hernández retratada por Víctor Radovanovic
Los fantasmas de Londres 2012 y la presea anhelada: Río 2016
Aunque la Final tiene un significado materializado en la medalla de bronce, no fue el momento más importante para Stefany en Río 2016. Instantes antes de salir a luchar por las preseas, es posible que diera por cumplido su labor en los Juegos, tras superar una tercera manga en la que física y emocionalmente estuvo a punto de desmoronarse.
Su pierna izquierda le dolía por la caída de la segunda manga y en su mente se registraban distintas dudas y temores: “Puedes no estar en la final. Puedes no ganar una medalla olímpica”, se repetía. Era como si el calor de Río estuviera siendo desplazado por el frío de Londres. “Estaba a punto de llorar. Me dolía el cuerpo. Me comencé a sentir débil, ya iba a arrancar a llorar y escuché a mi mamá: ‘¡Vamos, niña, que tú puedes!’”.
El grito se produjo aproximadamente a 200 metros de distancia entre ambas, separadas por una cerca. Stefany le respondió con una sonrisa. Thomas Allier, su entrenador, sabía que algo había cambiado, y sólo le sugirió: “Disfruta. Eso es lo único que quiero, que lo disfrutes”.
Quizá en esa manga, antes que enfrentar a otras oponentes, Stefany enfrentó directamente a su pasado, a lo ocurrido cuatro años antes. “Puedes no estar en la final”. Londres 2012. Si se considera lo hondo que caló aquella experiencia, se entienden aún mejor los dolores de su cuerpo. ¿Qué llevó a Carmen Mendoza a gritarle eso a su hija, cuando normalmente ella no interviene en las competencias, sino sólo las observa desde la grada? La conexión materna:
“Todo lo que ella estaba sintiendo a mí me llegó. Nunca me quito de las gradas. No la molesto para nada. Respeto su espacio hasta después de la carrera. Pero ese día tuve necesidad de llamarla. Ese día tenía una sensación extraña dentro de mí. Estaba temblando y dije: ‘Stefany está mal’. Entonces fui y le grité”
Lo siguiente que Stefany le dijo cuando se volvieron a cruzar fue: “Mamá, ese grito que me diste me revivió. Yo estaba mal. Estaba quebrada”. En la importancia emotiva del hecho debe radicar que Stefany pueda recordarlo con tanto detalle y estima. Orgullosa, y con voz serena, complacida, explica: “Clasifiqué. Para mí, ese fue mi trabajo en los Juegos Olímpicos”.
Sin embargo, ahí no acabaron las Olimpíadas. El sentido competitivo de Stefany Hernández volvía a hacerse presente, así como su capacidad para recordar cada instante de las carreras:
“En esa final salí a ganar una medalla. Y ganar una medalla es pasar la raya. Hay un momento en la carrera donde quizá pude ser más agresiva, cerrando la línea en la primera recta, antes del primer salto. Cerrar mi línea sería correrme hacia la izquierda, como que ‘aguántate tú, que aquí voy yo’. Pero eso era arriesgar mucho. Era buscar una caída. Seguí mi línea exterior. Vi que se me metieron otras. Venía de cuarta. Vi que se abrieron, busqué el hueco. Salí como de segunda. Ahí sí hubo una falla de cálculo mía porque hice una línea diferente de las que hacía en las prácticas, porque fue lo que se me presentó en el momento”
No para. Mentalmente está en Río. Está pedaleando sobre su bicicleta:
“Entonces, cuando llega el salto, tiro la bicicleta, la halo para evitar pegar, pero venía rápido. Pensé que venía más lento y, cuando halé, me sorprendió que sobresalté el muro, no caí en la bajada y perdí velocidad. Es ahí donde quedo de tercera, detrás de la estadounidense (Alise Post). Yo tiré un spring saliendo de la segunda curva, pero hice un error técnico otra vez. Salté otra vez más lejos. En mi percepción, venía más lento de lo habitual, pero en tiempo, fue mi vuelta más rápida, aún con esos dos errores. O sea, hice 34:07 segundos. Al final, uno nunca sabe cuánto hizo verdaderamente en la ronda de la crono (en la que el reloj no se detuvo). Si no fue 35:02 como me pusieron, y no fue 34:03 como se vio en la televisión, esa ronda de la final, con esos dos errores, fue mi vuelta más rápida”
El “soldado raso” que se creía una “raza superior”
Competitivamente, entre Londres 2012 y Río 2016 hay una diferencia clave en la preparación de Stefany Hernández: el equipo multidisciplinario, conformado por asesoría nutricional, preparador físico, psicólogo, masajista, jefe de prensa, entre otras personas que la acompañaron durante el Ciclo Olímpico y las Olimpíadas que derivaron en la Medalla de Bronce. ¿Qué cambió en su mente al trabajar junto con personas de distintas áreas?
“Yo era una persona que sobrestimaba lo que era ser un atleta. Para mí, lo que hacía era lo máximo y era merecedora de todo porque soy una raza superior. En el momento en que comienzo a rodearme de personas que trabajan conmigo, que comienzan a guiarme, a acompañarme, digo: ‘chamo, yo soy un soldado raso’”
Ese soldado raso comienza a exponer parte de su lado humano mientras el fotógrafo busca el mejor ángulo para fotografiar la Medalla de Bronce, en un área próxima al sillón rosado donde está Stefany, y Juan José Sayago, en modo Jefe de Medios de Comunicación, va de un lado al otro en el Comité Olímpico Venezolano (COV) el 31 de agosto de 2016.
Jimmy Requena, su psicólogo, no está en el Comité pero sí estaba en un café ubicado al final del lobby del Hotel Gen, en Santiago de Chile, donde solía tomar un guayoyo a eso de las 4:30 de la tarde en marzo de 2014. A ese mismo lugar iban, con menor frecuencia, Daniela Larreal y Stefany Hernández. Larreal y Requena se conocieron en el vuelo chárter que trasladó a la delegación venezolana hasta Chile para los Juegos Suramericanos 2014. Ya en tierra, Stefany solía acompañar a Larreal hasta ese lugar del Hotel. La frecuencia de los cruces entre cafés y sillas habrá generado la pregunta de la bicicrosista al Requena:
— ¿Y tú qué haces?
— Yo soy psicólogo.
— Mira, chamo, yo necesito uno.
Lo siguiente del diálogo tiene que ver con el número de la habitación en la que ella se estaba quedando. Por el tono de voz con el que recrea la anécdota, no parecía tener muchas esperanzas en que el psicólogo apareciera por allá. Y apareció mientras ella hacía maletas. “Yo sé que puedo mejorar muchas cosas, pero tengo que mejorar en la cabeza”. Intercambiaron números y aproximadamente dos meses después comenzaron a trabajar.
En Chile, Requena estudiaba cómo es la dinámica organizacional de esos eventos deportivos a nivel logístico, médico y la preparación de los entrenadores, con la finalidad de aproximarse al entorno en el que los atletas se mueven y así idear estrategias que puedan serles útiles en esos contextos.
Desde el punto de vista de Requena, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello, la sobrestimación deportiva parte de una narrativa social y política en la que se observa al atleta como si fuera un ciudadano de otra pasta, y no es así. Hacer que Stefany entienda progresivamente esto es parte del trabajo. Para él, al principio de su vínculo laboral fue importante relativizar su carrera deportiva:
“Hubo una parte en la que le eché números, eché para atrás a ver su historia deportiva más reciente. Lo que le mostré fue que su camino en el deporte ha sido muy sinuoso, ha tenido muchos baches y muchos picos, y en torno a esa carrera deportiva han pasado algunas cosas que tienen que ver con ella, con su vida personal, con sus aspiraciones a lo mejor de estudiar, con las aspiraciones de tener afectos importantes en su vida, y pareciera que eso también ha sido sinuoso. Entonces, ¿cómo hacer para que las cosas en vez de ser sinuosas sean más o menos estables?”
La respuesta se encuentra a través de un trabajo global que involucró a Stefany y a distintos miembros del equipo como su entrenador, su Jefe de Medios de Comunicación, su masajista. Recreando parte de los momentos, Jimmy habla como si la tuviera a ella enfrente, y no a un teléfono inteligente:
“No eres el dulce de lechosa de la patria. Eres una venezolana. Tienes que poder decirle a los demás venezolanos, quienes a lo mejor están viviendo una situación distinta a la que puedas estar viviendo tú por estar en unas circunstancias especiales, que cuando tú le echas pichón durante mucho tiempo, sin necesidad de decir que eres la tapa del frasco, puedes de alguna manera involucrar a los demás, seducir a las demás personas para que también lo hagan”
Stefany ya no está enfrente de él:
“Pero, en realidad, las cosas que ella hace, que sólo ocurren en segundos de su vida en una competencia y que pueden a veces ilustrar cosas muy potentes para otros, los demás las estamos viviendo todos los días en procesos más largos”
Stefany no tuvo acompañamiento psicológico similar para su participación en Londres 2012. Requena explica que desde que comenzaron a trazar la ruta hacia Río, después de ese encuentro en Chile, se procuró tanto el desarrollo personal como el deportivo a través de distintas etapas de trabajo que se evaluaron periódicamente para valorar si el vínculo laboral estaba o no rindiendo frutos.
“Hablábamos de varios aspectos de su vida. El deportivo es una parte, y no sé si la más importante; es uno de los aspectos valiosos. Pero está el tema de las relaciones interpersonales, está el tema de las relaciones de pareja, de sus expectativas de futuro, de cómo se siente con ella misma, los hábitos, las rutinas, qué hacía en el día a día”
Este proceso se documentaba a través de diarios, principalmente elaborados por Requena, aunque eventualmente, a petición de él, Stefany también sumaba su lectura del presente. “La idea era que analizáramos las cosas por partes, las que eran más oportunas, y pudiéramos ir estudiando esas partes analíticamente”, dice el psicólogo. También hacían ejercicios de visualización, de recreación de los escenarios. Stefany lo explica: “Normalmente, siempre sabes cómo son las pistas, las conoces y hacemos las prácticas de visualización detalladamente”, y se traslada:
“Te pones en el partidor, pones el pie izquierdo, haz la vuelta con el derecho, los trabajos de respiración, sale. Y ese trabajo es fa-ti-gan-te. Me fatiga más hacer eso que los entrenamientos en la pista. Necesitas tanta concentración, tanto enfoque. Es increíble. Es repetir, repetir, repetir y repetir. La cuestión es que ya, cuando llegas al momento, sabes qué tienes que hacer, sabes cómo actuar y estás viviendo en el momento y, ante cualquier cosa que te salga, estás preparado para resolverlo”
Requena, quien advierte que “la visualización no es la solución” del proceso y que es un “complemento de muchas otras cosas”, describe el trabajo al que se llegó, primero, a través de ejercicios de calma y respiración:
“Vinieron en un momento en el que ella estaba muy acuciosa en detectar pequeños cambios. También pasaba que en algunas circunstancias no se podía entrenar físicamente porque llovía, porque hacía mucho viento o alguna cosa por el estilo. No se montaba en la bicicleta porque no era seguro. Hicimos algunos ejercicios que supusieran repasar lo que ella hacía en el gimnasio, en la pista, también se hizo en otras cosas no deportivas. El propósito era que ella pudiera hacer un repaso mental sin estar en el momento o el lugar. […] Eso es fatigador porque nosotros no estamos acostumbrados a hacer repasos deliberados, controlados, acerca de algunas experiencias”
Este trabajo, de 40 minutos de duración, se producía antes de los entrenamientos, “de manera que ella pudiera hacer un ensayo previo con las cosas que ya estaban previstas o planificadas” de la preparación. ¿Qué permitió este proceso en Stefany Hernández? “Generar algunos hábitos y algunas vías neurosensoriales, de manera que estuviera conectado lo que está pasando en la cabeza con lo que posiblemente podía ocurrir en los músculos”.
Para Stefany, quien puede contactarlo por Skype o a través de WhatsApp cuando siente que algo la perturba o alguna situación la desborda, Jimmy Requena “lo que hace es como pintar lo que está sucediendo”. Uno de los objetivos a largo plazo de Requena es que Stefany sea cada vez más capaz de gestionar por sí misma sus situaciones. “Hemos creado una relación de confianza y camaradería”, reconoce ella. “Podemos trabajar juntos. A veces tenemos nuestros encontronazos, pero es la gente que hace falta para trabajar”, dice acerca de su equipo.
Ha sido mediante ese trabajo que Stefany comprendió de mejor manera el contexto en el que estaba y lo que éste le reclamaba, tanto deportiva como humanamente.
“Me di cuenta de que hay tanto camino por recorrer y empecé a enfocarme en mí misma, en dar lo mejor de mí. Yo sé que todavía tengo muchísimas cosas que mejorar. Son detallitos. A veces son las diez y media de la noche y uno piensa ‘voy a durar hasta las once mandando mensajes’. Y a las diez de la noche ya tienes que estar durmiendo. ‘¿Me podré comer esa pedacito de pan?’ No, no te lo puedes comer. Cosas por el estilo. Las personas que estaban a mi alrededor me acompañaban. Estaba con mi psicólogo y decía: ‘me provoca comerme un chocolate’ o algo así, y él me respondía: ‘agarra este limón, chúpatelo y mata tu ansia’. Por ejemplo, si mi objetivo era dejar de comer algunas cosas. El objetivo de él era evitar colocarle tanta azúcar al café, por así decirlo. Entonces yo lo empujaba a él y él me empujaba a mí. ‘Ah, pero si le vas a echar azúcar al café, yo puedo hacer esto… ¿No? Entonces no le eches’. Fue un trabajo en equipo”
En retrospectiva, Carmen Mendoza, de quien su hija heredó un similar tono de voz y la misma mirada, y quien no quería que su hija hiciera bicicross por los riesgos que el deporte implica, considera que “todo lo que ella se ha ganado es bien merecido”. Ahora Stefany Hernández lleva una dieta baja en azúcar, aunque siente debilidad por el quesillo, evita comer productos lácteos, a menos que sean leche de almendra o de arroz, y “café negro, petróleo, sin azúcar” en las mañanas. Le gusta el agua de coco, la misma que toma en Chacao Bistró directo del coco el 8 de octubre de 2016, luego de buscar un sitio donde pudiera desayunar algún plato bajo en harinas. “Con el tiempo, te das cuenta de que la diferencia se hace en los pequeños detalles, en cuidar tu cuerpo, tu digestión”.
Stefany Hernández retratada por Víctor Radovanovic
Stefany Hernández retratada por Víctor Radovanovic
“Soy yo y ya”
Entre los detalles que han cambiado, está el trato mediático que recibe la atleta. Ha sido una de las noticias deportivas más importantes de 2016 y cada medio ha querido tenerla en sus páginas y cámaras. Aquél miércoles 31 de agosto, se expuso en la sede del COV el balance de los Juegos Olímpicos, con su presidente, Eduardo Álvarez, y el ministro de deportes, Mervin Maldonado, a la cabeza. Instantes después de la ponencia, canales como Globovisión, TVES, VTV y Meridiano ya se aproximaban a Stefany luego de la una de la tarde. Otros periodistas esperaron hasta seis horas para poder conversar con ella y levantar el registro fotográfico.
Pasadas las cinco de la tarde, la atleta dejó la ropa deportiva que la marca Squiros elaboró para la delegación olímpica venezolana por un vestido y cambió su calzado con la bandera de Venezuela por unos tacones. El cambio de ropa estriba en una sesión de fotos y una entrevista con el equipo de la revista Fascinación. El vestido es negro y desnuda sus brazos y una cicatriz entre el hombro y la clavícula derecha. Dos cortes en la prenda muestran los laterales de su abdomen a la altura de las costillas; en las del lado derecho, están tatuados unas letras y unos anillos.
Al caminar, segura, pasa frente a un corpóreo de su figura. Es parte de la utilería que se ha montado en el COV para la entrega del balance de Río 2016. Entre la representación y la mujer de carne y hueso hay una diferencia estética importante: la forma como usa su cabello. La imagen de cartón la muestra de brazos cruzados y con el cabello recogido y alisado, en oposición a la gran melena de rizos negros que luce ahora. Lo fácil es pensar que el cambio es estrictamente estético. Luce más bella. Lo difícil es entender que la cola con la que sujeta su cabello alisado también amarró parte de su personalidad durante años.
En la rueda de prensa que diste al regresar de Río, comentaste que hubo un tramo en el que decides aceptar aspectos de tu personalidad, tanto virtudes como defectos, y reconocer fallos. ¿Qué aspecto de tu personalidad descubriste en ese proceso?Que puedo ser yo, completamente yo —sonríe—. Me puedo equivocar en una entrevista y puedo continuar y decir “estoy equivocada”, o hacerte un puchero y decirte “chamo, dame dos minutos que estoy cansada”, o “necesito reflexionar, recalcular”. Me liberé. Soy yo y ya.
Te soltaste el pelo.
Sí. Siempre tenía ese pensamiento de que “tu cabello es malo, tienes que alisártelo, que no sé qué”. Y yo pensando: ¿cómo va a ser malo algo que es natural? Yo nací así. “Ay, eres mala de nacimiento. Salió mala de fábrica”. No. Yo soy así.
Te escuché decir que soñabas con salir de tu casa despeinada.¡Sí! Uno de mis sueños. Desde chiquita decía: “¿por qué me tengo que estar peinando?”. Pero siempre era la presión social, la mamá, la prima, todos te decían comentarios sobre el cabello y el peinado. Entonces, ¿por qué no puedo ser yo? Soy yo y ya. Y si me arreglo, me arreglo; y si no me arreglo, no me arreglo. ¿Cuál es el problema?
Su mamá, quien todavía se dirige hacia ella como “niña” y quien vive en Francia tras casarse con un oriundo de aquel país europeo en el año 2011, recuerda que “desde chiquita no le gustaba peinarse. Ella llevaba los cabellos alborotados y una gorra. Ella siempre quería tener su cabello suelto y una gorra puesta”. El estilo generó inconvenientes familiares:
“Una vez tuve que comprar gorras de colores, ponerle piedritas y cosas bonitas para vestirla diferente. Siempre las tías, por parte de papá, discutían conmigo por eso, pero es que si esa su personalidad no se la voy a cambiar. A los 15 años fue que ella empezó a peinarse. Yo la peinaba para que fuera a la escuela. Si por ella fuera, se hubiese ido con los cabellos como los tiene ahorita”
¿Se puede entender que liberar tu cabello ha sido liberar tu personalidad?Ha sido liberar mi alma. Soy yo.
Al menos familiarmente, esa liberación se produjo en diciembre de 2015, en la casa de su mamá en Lyon, Francia, pasadas las nueve de la mañana. Stefany llegó al hogar con los cabellos totalmente sueltos, para sorpresa de la mamá:
— ¿Stefany, qué pasó?
— Nada. Quiero ser libre. No me digas nada. Ésta soy yo. Estoy cansada de estar con la cuestión de que tengo que estar bonita, de que tengo que maquillarme para esto… Yo soy yo. Me encontré.
Esa Navidad la pasó con sus cabellos sueltos. Meses después, durante la tarde en el COV, Stefany le dice a Juan José Sayago que debió haber hecho un curso para aprender a posar. Dice sentirse incómoda ante el lente y el flash, aunque, coqueta, parece disfrutarlo. Y no para de jugar con sus rizos negros.
Similar conducta mostró en el programa de radio Zona Radical el sábado 8 de octubre de 2016, vestida con una blusa gris clara con flores rosadas y un jean azul claro, hasta que se le salieron las lágrimas recordando a su papá, Juan Hernández, quien fue empleado de SIDOR, y quien también es conocido como “Juan Caramelo” o “Don Caramelo”.
El sobrenombre proviene de Puerto Ordaz:
“Allá lo conocían así. Decíamos Juan Hernández y nadie sabía quién era. Lo conocían como ‘Juan Caramelo’ en esa zona, donde hay puros amigos de él, porque dicen que mi papá es dulcito como el caramelo”
La voz segura se tambalea por momentos. Parece que por su mente pasan demasiados recuerdos o demasiadas preguntas. “Mi papá siempre fue responsable, el que traía el pan a la casa, que trabajaba para nosotros, para nuestro bienestar”, al punto de vender un Jeep Wrangler “rojito, hermoso, de dos puertas” para que sus hijos pudieran asistir a una competencia internacional.
En ese Jeep iban a la pista, a la playa y por ese Jeep terminaron yendo a competir al mundial de la disciplina en Brasil en el 2002. Stefany tenía 11 años y ya había competido en un mundial, tras asistir al de Estados Unidos en 2001.
“Venía ganando y me caí en la final. Solita. Quedé octava. Fue mi primer mundial. Ganó Mariana. En el 2003 el Mundial fue en Australia. ¡Ni que vendiera la casa iba a poder ir!”
Fue cerca de su casa, en el estacionamiento rodeado por los edificios de la Urbanización Ventuari en Puerto Ordaz, en la que Stefany vivía, donde se produjeron sus primeros paseos sobre una bicicleta luego de las 7:30 de la noche de casi todos los días de la semana, cuando su vida se contaba por meses de nacida y no por años.
El responsable de esos paseos fue Eduardo Ávila, hoy múltiple campeón de bicicross. “Después de que bajaba de la pista, yo tenía que pasar por donde Stefany, montarla en mi bicicleta, darle una vuelta por el estacionamiento para que ella se pudiera quedar tranquila y la volvía a dejar en su casa”. La mamá de Stefany lo llamaba porque si no se producían los paseos, sí se generaban los berrinches de la niña. Cuando ella no quedaba conforme, el paseo se extendía hasta las casas vecinas fuera de la urbanización.
Con el tiempo, Ávila se volvió una guía en el mundo del bicicross para Stefany Hernández. Fue él quien le enseñó a manejar bicicleta, primero con las clásicas rueditas, y luego sin ellas. “En menos de un mes aprendió”. Fue él, junto con otros bicicrosistas, quien la lanzó por primera vez en una pista, en el Polideportivo Venalum.
Quizá Stefany, quien desde niña se refiere a él como “Ayi”, recordó alguno de esos episodios en el Aeropuerto Internacional Manuel Piar, cuando ella volvió a Puerto Ordaz luego de Río 2016 y Ávila estaba ahí para recibirla. Del encuentro quedó una frase: “‘Ayi’, logramos la medalla, ¡logramos el objetivo!”.
El aeropuerto estaba repleto. Stefany regresaba a la tierra donde creció, donde entrenó y entrena, alternando con la preparación que realiza en Suiza gracias a una beca del programa Solidaridad Olímpica del COV, con una medalla colgando de su cuello y algunos amigos próximos a ella. Entre las diferencias culturales que ha encontrado a través de años de entrenamiento tanto en Venezuela como en el exterior, la atleta se sincera:
“Aquí tienes a los amigos que te llenan el corazón y el alma de alegría. Pero es muy difícil ser un atleta de alto rendimiento teniendo amigos con la cultura del venezolano. Chamo, aquí les gusta demasiado la rumba; son demasiado poco serios. Estaba conversando con unos amigos en el Club Ítalo de Puerto Ordaz, el primer momento que tuve para mí sola con mis amigos. Y después de hablar y reflexionar sobre muchas cosas, les dije: ‘muchachos, de corazón, va a sonar un poquito fuertecito, pero es muy sincero. No quiero clavarles un cuchillo ni nada: menos mal que me fui, si me hubiese quedado aquí con ustedes, yo no hubiese llegado a donde estoy’. ¿Cómo tú puedes decir ‘me voy a dormir a las diez?’ Te responden: ‘¡No te vayas, que apenas estamos comenzando! Si eres no sé qué, aguafiestas…’. Y tú: ‘pero es que tengo que dormir’”
Dormir, para luego despertarse e ir a trotar durante las primeras horas de la mañana:
“No soy de endurance. Troto diez, quince minutos y listo, para estirar. Eso lo suelo hacer en las mañanas todo el tiempo allá en Suiza. Mi entrenador lo llama dinamic wake up. Se trata de meter al cuerpo, desde la mañanita, en el mood (modo), porque eso lo solemos hacer en las carreras. Pero lo tomé como rutina diaria”
Una rutina que fue parte de un proceso coronado en esa medalla de bronce con la que juega en el COV o que entrega a su Jefe de Medios de Comunicación como si fuera una objeto cualquiera. Se trata de una medalla que en un primer momento le supo a poco porque su deseo era y sigue siendo el Oro Olímpico. En retrospectiva:
“Es la medalla al esfuerzo, por no haberme rendido ante las adversidades. Es la medalla de que te caíste pero te levantaste, te montaste en la bicicleta, la cadena estaba afuera, agarraste, corriste… Así sea con una pata rota yo tenía que terminar esa carrera. Tenía que terminar dando todo por el todo. Para mí es la satisfacción de decir: soy medallista olímpica”
¿Qué es para ti triunfar?¿Qué es para mí triunfar? —suspira, medita la respuesta—. ¿Qué es para mí triunfar? Una de las cosas que me ha estado sucediendo es que la gente se me acerca y me dice: “Dios te bendiga. Gracias por esa alegría. Eres orgullo de Venezuela. Continúa así”. O sea, mensajes de corazón, en un país con una situación como en la que estamos, en la que mucha gente siempre anda como engrinchada, donde a veces tú dices “buenos días” y nadie te responde, o “gracias” y no te dicen “de nada” o “dame agua” y es “dame agua, por favor”. Qué bonito que, con este resultado, estés dándole una alegría y haciendo sentir orgullosos a unos ciudadanos que viven en una situación de tensión todos los días, porque para todos es clara la situación de tensión que hay en Venezuela. Para mí, esa retribución de las personas, el amor, el cariño, la sinceridad de las personas, es lo que me gané.
Para el momento de esa respuesta, Stefany no había pasado a saludar en la Unidad Educativa Colegio Virgen Niña. En esa escuela dice haber logrado excelentes notas: “Nunca fui la primera en la escuela porque, por los viajes y todo, perdía un examen y bajaba el promedio”. Fue ahí donde tantos docentes le sugirieron que dejara el deporte, al verla llegar con raspones en la cara y en las rodillas, y donde se forjó una fama de defensora de los demás.
Años después, se hace un anuncio a través del audio interno de la institución: “Todos los profesores saquen a los alumnos al pasillo, todos los profesores saquen a los alumnos al pasillo”, para que, de forma imprevista, escucharan unas palabras que Stefany no tenía preparadas. “Yo pasé a saludar, ¿me entiendes?”. Algo que sí parece tener más claro es que será mamá. “Yo siempre digo que quiero tener cuatro muchachitos. No sé qué van a querer ser ellos; pero sean lo que sean, a todas con ellos. Creo que cada ser humano decide lo que quiere ser en su vida”.
No sería extraño imaginar a Stefany Hernández leyéndoles una de sus novelas preferidas, El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez.
¿Qué hay de Fermina Daza, la protagonista de El amor en los tiempos del cólera, en Stefany Hernández?Me identifico es con el otro tipo, con Florentino Ariza. Forever inlove. El tipo es demasiado enamorado y yo soy demasiado enamorada. La tipa me parecía que no era libre. Así que nunca me pude identificar con ella. Pero el tipo simplemente era… Me doy. No importa que me espiche, me quede vacío. Pero doy todo. En eso me relaciono.
Pero en la novela el tipo tiene sus desajustes y empieza a hacer desastres…Bueno, todos tenemos nuestros desajustes en la vida. Me encantó cuando estaban demasiado viejitos, en el barco, juntos, y el tipo le dice: “Me guardé mi virginidad nada más para ti” —carcajadas—. Ese momento de la novela para mí fue crucial. Me pude reír, llorar y todo al mismo tiempo. ¡Este viejo sinvergüenza! —carcajadas—, Gabriel García Márquez es una bestia. ¡Una bestia! Me encanta cómo escribe.
¿Te habría gustado conocerlo?Creo que sí. Con unos vinitos. Le habría preguntado sobre Florentino Ariza, de dónde lo sacó. ¿Eres así de entregado tú también, Gabo?
Fotografía de Víctor Radovanovic
Fotografía de Víctor Radovanovic
Sentada sobre un sofá, la chaqueta con los colores de la bandera de Venezuela cubre el tatuaje que antes se observaba a través del corte derecho del vestido negro. En tinta sobre piel dice “Warrior” junto con los anillos olímpicos. Se lo hizo poco después de Londres 2012 en el Centro Comercial Babilonia en Puerto Ordaz, mientras esperaba a una amiga. Quién sabe si eso fue una especie de promesa, marcar un pendiente a conquistar, un pendiente que la frustración llenó de bruma pero que a partir de ese momento la acompañó en su piel.
El presente, luego de Río 2016, no está mucho más claro. Sin embargo, sus pensamientos tienen otro rumbo, aunque no estén escritos en piedra ni tatuados. Por su mente pasan planes que van desde aplicar en enero en la Universidad de Ginebra para estudiar Relaciones Internacionales, vincularse con la gerencia deportiva, algún cargo en el Comité Olímpico Internacional, hasta adentrarse de lleno en el deporte venezolano, en especial con los niños, mientras sigue viajando con una maleta roja similar a las de un juego de maletas que le regaló su mamá cuando tenía 18 años, para competir a nivel internacional. “Vamos a ver. Hay veces que uno tiene planes en la vida, pero hay que adaptarse a lo que el universo tenga escrito para ti”.
Stefany Hernández ha comenzado a recibir el reconocimiento que siempre soñó, al que siempre había aspirado. Se podría pensar que ese es su mayor triunfo. Pero es posible que tal lectura sea errada. Ella ya no es la misma que dudaba ante los entrevistadores ni que colecciona tristezas. Su verbo es casi arrollador y su mirada depredadora, como si siempre tuviera en la mira un reto o una pista. Al escucharla hablar, y verla caminar, se filtra que mediante el deporte, en pistas sobre una bicicleta, Stefany Hernández encontró algo que valora más que cualquier medalla: una forma de vida que le permite ser ella misma, reconocerse en el espejo. No fue casualidad que durante aquel evento en el COV, instantes después de recibir un diploma, gritara sonriendo: “¡Maduré, maduré!”.


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