Carta de amor del cachito

cachito

Querido Nico:
Te escribo apelando a aquella vieja amistad amorosa que nos unía con el fin de hacerte un llamado de atención. ¿Recuerdas, vale, cuando eras un muchacho así todo obrero, o así tipo normal que andabas con tus zapatos de goma y bluyines por la ciudad, lleno de sueños que tú creías bonitos? Esos tiempos cuando de verdad formabas parte del pueblo, y eras un muchacho humilde y te buscabas espiritualmente. Cónchale, ese Sai Baba resultó ser todo un fraude, ¿no? Pero bueno, tú creíste inocentemente en él. La gente siempre cree en alguien que termina poniendo la torta.
Pero bueno, a lo que vamos: te escribo para decirte que está muy mal lo que estás haciendo, que, no sé si lo sabes —supongo que sí—, me estás haciendo desaparecer.
Algunas vez fuiste un hombre de a pie, un muchachón que andaba por las parroquias de la ciudad y te metías en las panaderías y comía cachitos. No puede ser que no recuerdes, no puede ser que ahora te hagas el loco, chico. Tú y yo pasamos juntos muchos buenos ratos. O también tu compañera, tú y yo. Porque nuestra amistad amorosa nunca fue egoísta, porque hemos compartido, porque además yo he sido de toda Venezuela. No hay nada más venezolano que un cachito, y eso tú lo sabes. Yo siempre he estado allí, en los desayunos, en los almuerzos, en las meriendas, incluso en las cenas de los venezolanos.
No se trata de nostalgia barata. Se trata de lo que soy. No hay nada que pertenezca más a la gente (al «pueblo», como dices tú) que un cachito. Cónchale, date cuenta. ¿En serio piensas hacerme desaparecer? ¿Dónde quedó nuestra vieja amistad? ¿Dónde quedaron esas tardes tuyas de flacote hambriento que se metía de golpe y porrazo en una panadería y se zampaba su cachito (o varios) con una malta bien fría? ¿Será que te olvidaste de mí ahora que vistes fino y comes de lo mejor que hay? ¿Será que ya no te importa el cachito sino el croassant y qué se yo, el faisán? Tú eres venezolano, ¿no? La gente dice que no, pero yo sé que sí (bueno, creo yo), y lo tuyo era un cachito y una malta. A veces una empanada también.
¿Qué te pasa con las panaderías, vale? ¿Qué te pasa con los panaderos? ¿Qué te pasa conmigo? No, chico, esos panaderos no fueron entrenados por la CIA ni están en ninguna guerra económica. Porque además, yo eso de la guerra económica no lo entiendo. ¿Cómo un panadero o un empresario puede andar en asuntos de guerra económica si al hacerlo si arruina él mismo? Eso para mí no tiene pies ni cabeza. Porque mira, Nico, las empresas y los negocios están cerrando. Cónchale, ¿son tan malos tan malos los panaderos que se quiebran a ellos mismos y se empobrecen sólo por llevarle la contraria a la revolución? En esa teoría de la guerra económica hay algo que me hace ruido, chico.
De verdad, hazlo por los viejos tiempos. Sí, yo sé que esos viejos tiempos eran de los que tú llamas de la «cuarta». Pero, ¿me vas a decir que de algún modo no eras feliz en aquel entonces? ¡Ah, la primera combatiente, tú y yo, en una panadería de la Baralt! Ustedes dos, sí, comiendo en silencio mientras miraban en el televisor un juego del Caracas-Magallanes. Y los carros afuera pasando, y la gente pasando. Uno podía estarse allí, en la puerta de la panadería de lo más tranquilo sin que llegara un malandro a quitarte nada. Eran otros tiempos, ¿verdad?… Bueno, tú sabes que era así, no te hagas el loco y no me vengas con los cuentos de que en los años de la cuarta tal y pascual.
Te pido… no, no te pido, te exijo que no me dejes morir. Considera, chico, lo importante que son los cachitos para el venezolano. No es cualquier cosa, no somos ningún producto imperialista, capitalista, degenerado y traidor. Somos los cachitos, y entre nosotros y los venezolanos hay una historia larga y estrecha, llena de cariño y solidaridad.
Piensa, vale, considera, aunque sea un poquito (un poquito nada más, por lo menos un poquito), que quizás el error sea tuyo y de tu gente.
Y bueno, vale, aprovecha que yo por lo menos te escribo una cartica. Digo, porque la gente… tú sabes cómo es: dejan de quererte, aunque tú los quieras tanto.  Yo sé que no es tu caso, claro que no, imagínate, ¿cómo va a ser?, pero si alguien dice querer a su esposa, pero la trata mal, por más que diga quererla, su mujer, primero que todo, lo va a dejar de amar (si alguna vez lo amó), y luego, un día, le montará cachos (jejeje, mira el juego de palabras: cachos/cachitos), se irá de la casa o lo botará. Yo sé que hay más de un marido sinvergüenza que se queda aunque no lo quieran. Son tercos, muy tercos, y hacen que todo sea peor. Eso sí, no paran de decir, «Pero si yo te quiero, pero si estoy tratando de hacer lo posible». Pero ese «posible» no es el posible que se necesita, ¿sabes? Y ya la mujer no se cree el cuento, porque el marido, aunque diga que la quiera, anda con otra, y llega tarde, se porta mal… Así que bueno… yo sé que tú no eres así. Yo sé que tú nos quieres verdad, chico.
Siempre agradecido por todo lo que vivimos juntos, por todo lo que compartimos cuando eras un zagaletón de calle que no estaba tan rellenito de buena comida. Pero bueno, ya hasta los cachitos son un lujo, y de verdad no sé si eso sea culpa de la bendita guerra económica.
Tu amigo del pasado,
El cachito.

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