“No hay desenlace, solo una tragedia”; por Hugo Prieto

Yolanda Pantin retrata por Roberto Mata

Si pudiéramos descubrir el alma literaria de Venezuela, se abriría la posibilidad de vernos en el lugar que ocupamos, un lugar que para la poeta Yolanda Pantin es una suma de pérdidas. Son tantas que el desenlace no es otro que la tragedia. ¿Qué sacaríamos de provecho? No sólo lo que hemos visto hasta este momento, digamos, la oscuridad que arroja la luz del Caribe, sino también la claridad que pudiera arrojar más adelante. Es una imagen endeble, como endeble es la palabra

Es así como detrás de un pequeño pueblito llamado Turmero, al que se tragó la marginalidad de Maracay, hay un universo entero, el mundo de Yolanda Pantin. Una poeta rebelde que detesta el poder. Que ha escarbado entre las palabras y su significado para encontrar la imagen literaria que, para que se sostenga, tiene que decir la verdad.

Acaba de morir uno de los poetas que están presentes en tu biblioteca, Derek Walcott. La poesía. La pintura. El Caribe. ¿Cuáles son los antecedentes de tu familia en las Antillas?

No podría decir que soy una lectora seria de Walcott, porque yo no sé inglés. Pero tengo algunos de sus libros traducidos al español y en antologías. De su poesía entendí una cosa que me llamó la atención: la desvinculación de nosotros —los poetas venezolanos—, del Caribe. Recientemente, empiezan a aparecer algunas luces, que son interesantes. En Derek Walcott, yo lo aprecié como lectora, aparecían esos claroscuros del Caribe. Y eso también está presente en la pintura, en algunos cuadros que estaban muy cercanos a su sensibilidad. Leer a Walcott lo relacioné después con nostalgia caribeña, porque toda mi familia es caribeña, salvo el ancla que está enraizada aquí, que es la Tovar, pero todos los demás vienen del Caribe, de Cuba, mi bisabuelo paterno viene de La Habana, era hacendado de caña, los Gantón son de Martinica, que salieron huyendo de la revuelta de los esclavos a raíz de la Revolución Francesa, se subieron a una barca con algunos de sus esclavos, al menos es lo que dice la leyenda, y llegaron a Trinidad, donde estaban asentados los Pantin, que también son caribeños, eran ingleses de Trinidad. Allí hay muchas historias de grandes pérdidas, de grandes lamentaciones. Uno hereda los relatos, por haberlos escuchado, y eso lo internalicé de tal forma que ha ido saliendo en mi poesía.


En Walcott está la contraposición de lo que es la cultura del Caribe con ese vasto mundo de la cultura anglosajona. De lo favorable que pudiera resultar, para un poeta italiano, enfrentarse con ese gran destino que es Italia o para un poeta mexicano lo grandioso que representa México. Y nosotros nos encontramos con esta pequeña comarca.

Ja, ja. Imagínate la grandeza de Walcott, lo que él hizo con ese pequeño destino. El lujo verbal que le sacó a ese pequeño destino, la fuerza, hasta el punto de escribir un libro como Omeros (la saga épica de la cultura caribeña, publicado en 1990). Todo lo que él recoge de esa travesía. Entiendo lo que quieres decir, a mí eso —la pequeña comarca—, no me importa para nada. Porque, digamos, lo que tenemos que ver es lo que hay dentro, sacarlo, que es mucho.


¿Tú crees que Venezuela es un país caribeño?

Sí, claro. ¿Tenemos cuántos kilómetros de costas caribeñas?

Cierto, geográficamente somos un país caribeño.

Pero culturalmente, pareciera que no. Porque, por ejemplo, no pasa por la poesía la cultura del Caribe. Ahora está empezando a pasar, con algunas voces como la de Carmen Verde, Santos López, Luis Gerardo Mármol, y eso tiene que ver con la luz, con la percepción de la luz, con la fuerza que tiene la luz, con eso que ocurre cuando la luz toca. Eso no ocurría antes. En ninguno de nosotros está eso. Inclusive, lo que voy a decir, quizás, es una barbaridad, pero la luz de Reverón no es la luz del Caribe, porque es tanta la luz, que no te deja ver. La luz en Walcott tiene claroscuros. La luz entra por una parte, ilumina una escena, hace zonas de claridad, hace zonas de oscuridad. Esa es la luz del Caribe. Pero esa luz que no te deja ver, que es la luz de Reverón, es una luz que te ciega. No te permite ver los matices. Es una cosa tajante.


La imagen literaria, la luz, es una gran búsqueda del poeta, del pintor. Pero la imagen es endeble. Y no podría decir que la palabra también lo es.

Debería serlo. Si es honesta, debería ser endeble. Quiero decir coja. Todavía tendríamos que apropiarnos de ver la luz y de escribir con la luz. Eso es lo que yo he logrado comprender, o articular como discurso, después de tantos años y de tantas cosas escritas. Y es ahora, después de ese transcurrir, que comienzo a darme cuenta de eso. Entonces, todavía estamos cojos.


La tragedia es una constante en tu poesía, incluso está la muerte de tus dos hermanos, y también está la herencia oral de la tragedia. ¿Cómo es esa convivencia? ¿Cómo es ese diálogo? ¿Te sientes, quizás, apesadumbrada?


Yo tuve lo que llaman consciencia histórica desde muy temprano. Era una niña, una adolescente. Obviamente, no sabía a ciencia cierta, lo que era la consciencia histórica, pero sí sabía el lugar que estábamos ocupando y qué significaba ese lugar con relación al contexto. Sin duda, era un lugar trágico, eso era. Lo único que teníamos era la suma de las pérdidas, sabiendo eso, yo tenía que tratar de sellar (Yolanda Pantin choca una mano contra la otra, a modo de tapón) ese chorro de pérdidas. La forma en que lo hice fue escribiendo a conciencia. A eso lo llamo el pasaporte de la pérdida, porque eso te da a ti permiso para cualquier cosa. Los venezolanos, por lo general, son personas que no perdonan. Y una de las cosas que no perdonan es la tenencia de algo. Pero nada les encanta más que una cosa que represente, o sea, pura pérdida. En mi caso, está la pérdida del Caribe, la de los criollos martiniquenses, hostigados por el levantamiento de los esclavos y por una isla que los expulsa, pero también está la pérdida de mi bisabuelo paterno, en una de cuyas haciendas ocurrió el primer levantamiento de esclavos en Cuba. Le incendiaron la casa. Son cosas que vas oyendo y vas entendiendo. De tal forma que van encajando las piezas. Y después está la maravilla mía, la historia de la Independencia. Es fantástica. Los mantuanos entregaron el país y lo perdieron todo, completamente todo. ¿Entonces, qué relación puedo tener yo con el país? Lo miro con gran distancia, lo que me permite tener una herencia que me deja ver matices, así como poder dar un testimonio.


Hay un arquetipo en el país que no queremos ver, sobre el cuál no queremos indagar. El hecho de develar ese arquetipo, el del venezolano al que “le encanta —como lo acaba de decir— una cosa que sea pura pérdida”, pudiera ser muy inquietante, muy perturbador.


En primer lugar, tendría que ser perturbador para mí. Pero no lo ha sido. Y no lo ha sido, porque una vez que ha sido expuesto —voy a decir algo que pudiera sonar cursi—, me queda la luz. Expuesta la sombra me queda la luz. Y la búsqueda de otra cosa. Es como decir, echen su cuento, yo les voy a contar el mío, que entiendo que puede estar conectado con otras historias. Esa suma de pérdidas, pérdida con pérdida, de alguna manera hacen clic y ahí está el diálogo. Una vez que ocurre, yo me libero y existe otra posibilidad, la posibilidad de poder ver la luz. Esto parece una tesis de autoayuda o evangélica, pero es verdad. Ahí están los poetas antillanos, ellos se detienen en la luz.

Sería, además, un ejercicio importante para un país que, como dijo Elisa Lerner, “no tiene alma literaria”.

¿Te parece que no tiene alma literaria? Yo soy una persona desapegada de ciertos temas, de ciertas preocupaciones. Es como una paradoja, porque entro en contradicción. Debe ser horrible que un país no tenga alma literaria. No estoy tan segura de eso.


¿Será que no lo quieres ver?

Debe ser que no lo quiero ver. Sería muy hiriente, ¿no? Quedaría uno como un loquito. Sí, ¿hablando para quién? ¿Escribiendo para quién? ¿Así viví la más reciente Filcar?


¿Cómo la viviste?

Estaba en una isla (Margarita), donde hay un mar extraordinario, una luz preciosa, única, y escuchar a los poetas hablar de temas literarios, disertar, elaborar ideas, fue una especie de fantasía maravillosa, que me hizo pensar que uno está fuertemente amarrado o vinculado a una familia elegida. La familia de los escritores en general. Somos un grupito dialogando, viendo cosas, ¿eso está vinculado con el país? No lo sé.


¿Quizás eso forma parte del alma literaria del país?

Puede ser. Si, verlo así le da sentido. Porque de lo contrario, no tiene sentido. En una visita a Estados Unidos, dije en una ocasión que nosotros, los poetas venezolanos, teníamos cierta cantidad de lectores, 300, digamos. Y una escritora estadounidense, que se ha formado en ese medio ferozmente competitivo, me preguntó, ¿para qué escriben, si no tiene a quién escribirle? Me dio rabia el comentario, pero pensé que ella tenía razón. ¿Si no tienen lectores para quién o para qué escriben? De ahí viene la cuestión de que uno no escribe para nadie, uno escribe para uno mismo, uno escribe para su familia elegida. Uno escribe, finalmente, obedeciendo a un impulso que no tiene posibilidad alguna de controlar. Es como un destino. Entonces, ¿qué importa si tenemos para quien escribir o no? ¡Qué importa eso, si esto es un destino!

Hablando del destino… está tu relación con Turmero. Yolanda Pantin siempre habla de Turmero, del pueblito, pero resulta que en ese pueblito está tu casa, que tiene los ingredientes y los personajes que hay en tu casa, donde confluyen, además, las herencias y las pérdidas que mencionaste. ¡Ah —pensé— esto no es Turmero, esto está en Turmero!

No. ¿Qué es Turmero en realidad? Un pueblo totalmente degradado, yo lo llamo el derrame de Maracay, porque Maracay se lo tragó. Hacia los pueblos cercanos se derrama la marginalidad de Maracay. Y Turmero fue la primera víctima. Entonces, Turmero es algo que yo construyo no a partir de los recuerdos de mi infancia, porque el Turmero de mi infancia no tiene nada que ver con esto. Pero Turmero es, ciertamente, el lugar donde todo confluye y donde todo tiene sentido. Es como lo dices. La historia familiar, ¿no? La historia del país. Es como una encrucijada. Y con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que debo insistir en eso, en el dato local, porque ahí está la fuerza, ahí está el sentido tan grande que tiene. Descubrí, aunque lo era, un lugar de pertenencia, aunque la hacienda Paya fue fundada en 1637. Pero que eso tenga todavía más peso, porque por ahí pasan las pérdidas. No solamente es el derrame de Maracay, sino es el lugar donde confluye la historia democrática del país, pero también el lugar adonde llega Chávez. Todo eso es Turmero.


Escribe Yolanda Pantin en su más reciente libro, ‘Bellas Ficciones’, el poema Vaqueros:


¿Cuántas veces no escuchamos/los cuentos de aquel

hombre/ que bajo de las montañas/ a mulas con sus

peones/ y barrió los patios con arengas/ hasta el día

que llegó a la capital/ con sus banderas al

viento/bermejas/sobre un brioso/caballito criollo?


Uno no puede dejar de pensar en esas montoneras del siglo XIX, que terminaron justamente, con Juan Vicente Gómez, en Maracay.

Maracay derrama su marginalidad hacia los pueblos cercanos, pero Maracay es un lugar completamente contaminado por eso, es un lugar muy herido, yo tengo una relación muy mala con Maracay, pero hay algo extraordinario, que son los poetas de Maracay, porque ellos viven en la tragedia, están instalados allí, se reúnen.


¿Esa es la tragedia del militarismo? ¿Del autoritarismo?


Sí, claro, todo eso que empezó con Gómez, ¿no?, y que sigue con Tareck El Aissami. ¿Tú te imaginas lo que es vivir y escribir poesía en Maracay?

Harry Almela.

Harry vive en Mariara, que es peor, porque es otro de los derrames de Maracay. No, hay otros poetas que viven en Maracay, que yo respeto mucho, que hacen un frente de resistencia como Alberto Hernández, por ejemplo. Alberto es un héroe. Él está ahí, resistiendo, oponiéndose a esa cosa tan hiriente que tiene con la miseria, con el militarismo… con todo lo que es el chavismo. Escribir poesía en Maracay es muy fuerte.


En otro poema, Rewind, escribes:


Como una insensata que interroga su

suerte, /vuelvo obcecada al país de

Turmero. /Cuadro por cuadro devuelvo

la cinta, /para ver a mis padres,

ancianos, sentados, /buscando

respuestas en los noticieros


Ahí también hay una reflexión del país.

Ese libro, ‘Bellas ficciones’ tuvo su origen en dos cosas, que están juntas. Primero, el nacimiento de mis nietos y, segundo, la edad de mis padres, el envejecimiento de mis padres, juntos. Y ese poema, especialmente, se refiere a mis padres, que perdieron los últimos años de su vida, tratando de buscar algo que les dijera alguien, para tratar de entender lo que a ellos les tocó vivir. Bueno, pasar los últimos años de tu vida viendo televisión, buscando respuestas en los noticiarios, no sólo de lo que ocurre en Venezuela, sino en el mundo, porque ya el autoritarismo, el militarismo, es galáctico, ¿no? Eso me hirió mucho. Es un retrato de mis padres. No sé si respondí a tu pregunta, porque es muy anecdótico. Yo creo mucho en las anécdotas.

Otro de tus poemas, Arraigo, es como una letanía que menciona la palabra país… mi casa, mi sitio, mi cuarto, la luz… es un país interior, un país lleno de emociones, de recuerdos.

Es un país cerrado a voluntad, a cal y canto. Cuando yo decidí escribir un libro llamado “Bellas Ficciones”, yo lo hice a voluntad, porque yo dije: No quiero sino estar en esto. No quiero que me digan más nada, porque yo esto lo tengo que proteger. Ese es el país en el que yo creo, que es el mío. El que yo conozco y en el que vivo. No hay otro. Yo no tengo capacidad para elaborar tesis —políticas, económicas, sociales—, pero sí puedo defender lo que tengo dentro y darle voz.


Estuviste en Calicanto, en Tráfico y te fuiste, en tu poesía que, como dice Igor Barreto, es muy elíptica, uno lo que ve es rebeldía. ¿Qué es para ti el poder?

Algo que detesto, desde todo punto de vista. Tengo una muy mala relación con el poder. Me he sentido muy cómoda en los rincones, en los márgenes, en los colegios, en las universidades siempre me senté en la última fila. No me vas a ver sentada en la primera fila de nada. Soy un poco anárquica. Es parte de la herencia que nos dejaron nuestros padres. Los viejos mantuanos son así, a mí no me metan en eso, mi papá era un poco así.

Has insistido, a pesar de la rebeldía, de la edad que, como bien dices, pesa, en seguir buscando en tu interioridad. ¿Qué cosas has encontrado que te desagraden, que te incomoden, que te perturben?

Yo tengo la idea de que la vida es hasta los siete años. Digamos, ahí está la vida y luego lo que yo llamo la travesía. Como la vida está ahí, tan concentrada, uno siempre vuelve a eso. Es inevitable que así sea. Y la infancia no siempre está cargada de cosas que son siempre infantiles. No sé si quiera tocar la crudeza, porque ya no me interesa para nada. Pero sí tengo, quizás, algunas deudas, que tienen que ver con el dolor, básicamente. Entonces, por ahí, puede venir una sorpresa. Para mí también. La muerte de mis hermanos, por ejemplo.


¿Eso te inquieta?

Mucho, porque hay una deuda, digamos, una deuda amorosa. Aparece por primera vez en ese libro ‘Bellas Ficciones’, dos retratos con sus nombres. Pero hay algo allí que yo debo decir, que yo debo seguir diciendo. La deuda amorosa con ellos, porque la deuda amorosa con mis padres es impagable.


¿Explorar el dolor no te podría llevar a una situación límite?

Eso me va a costar. Es un mandato. Ya el mandato se impuso. Yo lo puedo contradecir, te quedas quieto hasta que yo esté lista. Pero yo tengo la imagen fotográfica. Está en mi computadora. En cualquier momento lo haré. Quién sabe de qué manera. Hay muchas maneras de explorar esa deuda.


¿No te da miedo?

Lo que me da miedo es no ser fiel. No buscar la exacta expresión literaria.

Usted dijo que la poesía nunca miente.

No, no puede mentir.

El poema que dice que nunca miente, realmente está mintiendo.

No. Una cosa es la persona que escribe poesía y otra es lo que sale como poesía. Y lo que sale como poesía es independientemente de ti y para que se sostenga debe decir la verdad, que no tiene que ser la tuya. Eso es un aparato, un aparato que funciona, que además debe ser fiel a su estructura, fiel a sus palabras. A veces escribo, sin darme cuenta, pero luego me pregunto, ¿qué es lo que quiere decir este poema? Entonces me pongo como a escarbar y al final descubro qué es. Es una entidad propia. Por eso digo que no miente y uno debe respetarlo.


¿No es un peligro cargar con las pérdidas y los fracasos?

Si el poeta es una esponja y se ofrece a empaparse de los tiempos, quiere decir que eso es un acto sacrificial. Entonces, hay un sacrificio del poeta.


¿No sería mejor decir que detrás de toda creación puede haber mentira, puede haber verdad, no importa, lo único que hay es creación?

Sería más liviano y también sería verdad. Pero en el caso mío no, porque yo le tengo mucho respeto a la poesía.


¿Te sientes más cómoda en la certeza o en la duda?
No, yo siempre estoy dudando. Actualmente tengo algunas certezas producto de la edad. La certeza de la luz, por ejemplo, pero son certezas muy frágiles, entre otras cosas, porque la luz como viene se va. Ahorita hay luz y dentro de algunas horas no habrá luz. No, pero yo siempre estoy en la duda, en la duda permanente. Es mi estado natural. De ahí el deseo de ubicarme en los márgenes y la mala relación con el poder.


Dices que estás escribiendo un diario, lo que despierta curiosidad. Seguramente está la interioridad de Yolanda Pantin, pero quizás también está el país, porque el país nos resulta ineludible, inevitable. Debería ser algo extenuante y, además, muy doloroso.
Sí, es doloroso. Entender la coexistencia de las cosas, de los acontecimientos me costó mucho. Claro, en ese diario coexisten muchas cosas. Y una de ellas son visiones muy dolorosas del país. De lo que veo cuando voy a Turmero. Sí, las anoto. O de aquello que tiene que ver con mis nietos. Es la coexistencia, ¿no?

¿Qué veríamos en Venezuela si hay un desenlace a esta situación?
Esto no tiene desenlace sino la tragedia, por el lado que la tomes. Esto no tiene salida. Vamos a suponer que entremos en otro escenario. Qué duro va a ser ese escenario para tantas personas. Qué cosa tan terrible. Eso que llaman los ajustes. Muy bueno, porque el país va a salir bien librado, va a haber unas fábricas, va a haber muchos trabajos. Pero llegar a eso, qué va a significar para tantas personas. Y después la otra deriva, que es la que tenemos montada encima, ¿lo mismo, no?


¿O quedaremos como apagados completamente como está Cuba, no?

Sí, parecemos cubanos de Miami con este llantén en las redes sociales, lo que hemos pasado, lo que estamos pasando. Esos testimonios horribles. Falta de comida. Falta de medicinas. Falta de oportunidades. Pero es que esto es una experiencia cubana. Es la deriva totalitaria, ¿no? Entonces, déjennos decir lo que estamos sufriendo, déjennos dar testimonio, decir lo que estamos diciendo.

No.

¿Por qué?

Porque ahí es cuando la poesía y los poetas se enfrentan al poder, a la deriva autoritaria como la acabas de llamar. El poeta, para poder buscar en su interioridad, necesita espacios de libertad y ese hecho lo convierte en el enemigo principal.


Sí, es el caso de Heberto Padilla y el de tantos otros casos. Pero hay otra posibilidad, la que representa Dulce María Loynaz, precisamente en Cuba, ella murió en su casa, que se estaba cayendo, con sus cuadros, con sus antepasados, con sus héroes de la Independencia. De ahí no la sacó nadie. Esa es una salida que debe ser respetada y entendida dentro de la tragedia.

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