“Pareciera que el deslizamiento es progresivo, sin remedio”





Esta es la segunda ocasión que me citan en Tinajero, la casa de habitación de quien fuera dos veces presidente de Venezuela, Rafael Caldera. En primer término, fue el propio expresidente. Hablamos sobre el sobreseimiento de la causa que los tribunales le seguían al entonces teniente coronel golpista, Hugo Chávez. Y del hecho irrefutable que lo llevó a Miraflores, el 56,20% de los votos en las elecciones de 1998. La conversación tuvo lugar en el vestíbulo de la sala.

Autor de varios libros, profesor titular de la Universidad Simón Bolívar, filósofo, Rafael Tomás Caldera, el hijo mayor del expresidente, me invita a pasar a la biblioteca. No sé si por cuestiones de estilo o de jerarquías. Pero el lugar resulta más propicio para la conversación. Más distendido, más cómodo. La mención al pensamiento político de Caldera, el político que construyó al lado de Betancourt 40 años de gobiernos civiles en Venezuela, resulta inevitable. Aunque debo aclarar que está debidamente justificada.

Aunque gravita en una órbita más lejana a la que describen los políticos de primera línea, Rafael Tomás Caldera tiene una idea precisa y contundente de lo que ocurre en el país. De principio a fin, esta entrevista refiere a un declive, a una tendencia que pareciera inevitable. Pero también hay mención a varias pistas necesarias, indispensables, para superar la crisis y salir de este laberinto.

Hay gente que afirma que ésta es la peor crisis por la que atraviesa Venezuela. Hay otros que hablan de una tendencia regresiva en pleno auge. ¿Cuál es su opinión? ¿Coincide con alguno de esos planteamientos?

Hay dos elementos que habría que considerar, que al final confluyen para que, efectivamente, se hable de la peor crisis. El primero, que no se quiso ver. El viejo Aristóteles decía un pequeño error en el comienzo se hace muy grave al final. El pequeño error fue que el Estado de derecho, que ahora dicen que está muerto, en realidad, sufrió un infarto grave al que le podría poner fecha: 19 de enero de 1999: la Corte Suprema de Justicia dice que es posible hacer un referéndum consultivo sobre una asamblea constituyente. Eso no tenía nada que ver con la Constitución del momento, ni estaba de acuerdo con las facultades de la Sala Político Administrativa solamente, porque si era un tema constitucional concernía a la Corte en pleno. El argumento que se invoca, sorprendentemente, está inspirado en una tesis de Karl Schmitt —el jurista del régimen nazi—, según la cual el poder originario está en el pueblo. Eso es una verdad del tamaño de una Catedral. Pero lo que no es cierto es que el poder originario sea una especie de magma en permanente fluidez, entre otras cosas, porque el poder originario da lugar a unas instituciones. Si esas instituciones no se han destruido, por una guerra civil o lo que fuera, en principio las tienes que tomar en cuenta para reformarlas a ellas mismas. Si invocas un poder originario para actuar en cualquier momento, es como si una institución no tuviera ninguna consistencia. Lo que ocurrió es que se desconoció el estado de derecho. Obviamente, en el primer momento, no se nota, pero después como una persona que ha muerto, se descompone. El grado de descomposición institucional y por tanto social al que hemos llegado, no tiene precedente, al menos que nosotros conozcamos.

Usted habló de dos elementos. ¿Cuál sería el segundo?

Es que en medio de esto han vuelto los viejos fantasmas.

¿Los viejos fantasmas que estaban dentro y fuera de los cuarteles?

Sí, sin duda. Habría que recordar un poco de historia anecdótica. Aquella consigna que se escribía en los años 70 en cabinas telefónicas (también en los baños públicos) “golpe ya”, como una reacción espontánea frente a un malestar o una situación que no nos gusta, el viejo recurso del militarismo, entre otras cosas, porque es una tradición que pesó mucho en la historia del país. Pero también había una tradición menor, señalada por Rafael Caldera, por ejemplo, en el primer discurso de la Constituyente del año 47, es fe en la lucha cívica y el intento de recuperar un gobierno civil para Venezuela. El viejo militarismo estaba ahí y esa fuerza es regresiva. En la conjunción de esos dos elementos radica la idea de que esta es la peor crisis que ha vivido el país.

El mundo civil en Venezuela siempre fue subordinado, subyugado, accesorio, digamos, empequeñecido. ¿Por qué nos ha costado tanto convencer al mundo militar de que es un buen negocio subordinarse al poder civil y al poder institucional?

Habría que considerar, quizás, cosas como éstas. Primero, lo que podría ser lo más elemental en la política: que se dé una orden y sea cumplida. Si no hay eso, no hay nada, no hay noción ni ejercicio del poder. Entonces, ¿cómo se articula el poder? Una de las formas más primarias es la fuerza. Aristóteles: “En efecto, los que tienen en su poder las armas, tienen también en su poder la permanencia o no permanencia del régimen”. Tan es así que (Marcel) Houriau, el constitucionalista francés, dice: “No hay institución si la fuerza armada no se somete al poder civil”. Quizás en la misma línea del viejo Aristóteles. El que tiene el poder de la fuerza armada tiene el poder de hacerse obedecer.

Mao Zedong, el dictador comunista chino, lo dijo en una frase más corta: “El poder entra por la boca de un fusil”.

… Entonces, ¿cómo es la articulación del poder en la república que nace en 1830? Claro, acabas de salir de una guerra, vas a entrar a otra guerra y tienes las montoneras, en principio son las figuras militares, más o menos civilizadas, las que van a tener el mando. A eso le tienes que añadir —de ahí lo difícil de persuadir—, un elemento que sí lo tematizó Luis Castro Leiva, lo que él llamó la teología bolivariana, que es la ideología, fomentada en parte por el pensamiento bolivariano, digo en parte porque Bolívar es un poliedro, según la cual el Ejército libertador, es el guardián de la república, es quien tiene la tutela de la república, etc., en definitiva, mandar. Claro, es un caldo que ha estado allí, siempre, alimentando un modo de ver la relación, que hacía difícil el que el militar pensara en subordinarse al poder civil. Siendo muy joven le pregunté a mi padre (el expresidente Rafael Caldera). ¿Y los partidos políticos? No había partidos políticos en Venezuela. Las Fuerzas Armadas. Después advertí que nosotros tuvimos democracia cuando los caudillos civiles (Betancourt, Caldera) se sometieron a la ley. Y gracias a la articulación de la comunidad, que podían dar los partidos, podía ocurrir eso de que tú dabas una orden en Miraflores y se cumplía en Maturín. Es la premisa inicial de la que hablamos, si tú das una orden y no se cumple, no hay mando.

No hay poder.

Claro, inicialmente quien lo tenía era las Fuerzas Armadas, pero tú lo tenías que ir reemplazando por otras estructuras. En cierta medida, lo hicieron los partidos políticos al comienzo, pero cuando estos entran en crisis, por otras razones, no tenemos de dónde agarrarnos históricamente, ¿no?




Tal vez el chavismo lo que planteó fue una relación distinta entre el mundo militar y el Estado y entre los militares y la sociedad. ¿Lo que hemos visto de esa relación y los síntomas que aparecen puntualmente forman parte de estas fuerzas regresivas que hay en Venezuela? No ha sido un planteamiento modernizador, sino más bien regresivo.

Quizás lo que hay de singular en ese planteamiento es esto. Voy a dar un rodeo para llegar al punto. Valentín Arenas, uno de los compañeros de Fidel Castro en sus inicios, decía que el joven Fidel, lo que estaba leyendo era “Mein Kampf” de Hitler. Pero después leí, en una biografía que escribió muy temprano un periodista estadounidense, Jules Dubois, que lo que Fidel tenía en su morral no era “El Capital de Marx”, sino “El Príncipe” de Maquiavelo. ¿A qué voy? Si Hugo Chávez planteó una nueva relación del militarismo con el poder, eso estuvo influenciado por lo que fue Ceresole, el peronismo, el castrismo, esta otra cosa donde el militar no es precisamente el general Marcos Pérez Jiménez.

No es el gobierno de las Fuerzas Armadas.
No, es el caudillo. Caudillo-Pueblo-Fuerza Armada (Ceresole). Sí, es distinto, como planteamiento inicial. De ahí la vía electoral y la apelación al pueblo. Sí eso se parece a algo es a Perón y no a Pérez Jiménez, a pesar de que hubo una evocación temprana.

Aquella visita a Madrid, incluso.

Aquella forma de trajearse para un desfile del 5 de julio. Pero eso enseguida se canceló y tomó un giro hacia el estilo fidelista.

Todos sabemos que la última estación de ese viaje es la absoluta militarización de la sociedad, como existe en Cuba.

Seguro. Por razones obvias, uno, por el precedente, una sociedad como la nuestra no estaba vacunada contra eso, más bien estabas construyendo, lentamente, el poder civil y la institucionalidad, lo segundo remite a la pregunta ¿qué es lo que significa un estado de derecho? Varias cosas, pero primordialmente, que manda la ley y no la voluntad de un individuo. A mí me sorprendió mucho, porque no sabía si era ingenuidad o exceso de astucia, cuando le oí decir al fallecido expresidente. Qué vengan las inversiones extranjeras, yo les garantizo la seguridad jurídica. Es que eso precisamente no es la seguridad jurídica. Si la garantiza el hombre fuerte, eso es otra cosa.

De ahí pasamos a un decreto y a una resolución del TSJ en la cual se le otorga al presidente Maduro todo el poder, absolutamente, todo el poder. ¿Cómo es que esto ocurre de un día para otro? ¿Cómo es que se le dice al sector privado que traiga sus dólares y al siguiente día se encuentra con esta resolución del TSJ?

Perdona que vuelva a la frase de Aristóteles. Es que un pequeño error al principio se hace muy grande al final. La realidad es que ya habíamos cambiado de rumbo. Lo que ocurre es que al comienzo casi no se nota, porque parece que las formas son las mismas. Pero al cabo de un tiempo adviertes que el camino emprendido era otro, ¿no?

Rafael Tomás Caldera retratado por Roberto Mata

Quisiera anotar que la sociedad, todos nosotros, los venezolanos, somos responsables de este asunto, no es algo que le compete solamente a los partidos políticos. Se canceló la democracia, los gobiernos civiles, la construcción institucional, ¿y cuál ha sido nuestra conducta? ¿Hemos sido indiferentes?

Así como es elemental en el mando el que tú des una orden y se acata, una forma de mostrar lo que ocurre en el ámbito de lo político podría ser con las figuras clásicas del rey y el profeta. El rey gobierna. Tiene que hacerse obedecer. El profeta no gobierna ni le toca mandar, lo que tiene que hacer es despertar la conciencia. Luis Castro lo fue, en su momento, y dijo cosas. Desgraciadamente, no le hicieron caso en algunas de ellas. Pero como no haya voces que digan por ahí no es, o esto es otra cosa, etc., pareciera que el deslizamiento es progresivo y sin remedio.

Inevitable, además.

Yo comparto la idea que expresó Manuel Felipe Sierra en un programa de televisión al que me invitaron. Estamos en gran desconcierto. ¿Y por qué estamos en un gran desconcierto? Ah, parece que no sabemos qué hacer. Sí, pero es que tú no encuentras el camino cuando no sabes para dónde vas. Y quizás como ya no hemos pensado más nunca para dónde vamos, sino que siempre tratamos de buscar el camino, pues no lo encontramos.

Uno ve que el Consejo Nacional Electoral, acatando una decisión del TSJ, les pide a los partidos políticos que se validen, pero a la vez está la decisión del propio TSJ que le otorga plenos poderes al presidente Nicolás Maduro. ¿Dónde queda la famosa salida electoral, si Maduro puede hacer uso de cualquier recurso para evitar el estado de conmoción? ¿Por qué los partidos políticos están pensando en unas primarias, en unas elecciones, si estamos viviendo otra cosa?

Quisiera comentar dos cosas distintas. Me parece inobjetable, lógico y hasta sano que los partidos políticos estén en su lucha organizativa. Evidentemente “elecciones” —así, entre comillas— hay que ver qué significan por una anécdota muy sencilla. Raúl Castro, que nunca aparece como un energúmeno, como pudo aparecer su hermano, sin embargo, va a Panamá, a la Cumbre de las Américas, donde juega un papel casi protagónico, y a la salida de una de las reuniones, una periodista de CNN lo entrevista, y entre otras cosas, Raúl Castro, afirma que se va a retirar en 2018. Y la periodista le pregunta. ¿Habrá elecciones? Castro, sonreído, responde, en Cuba siempre ha habido elecciones. ¿Qué más se puede pedir, no? Si siempre ha habido elecciones. Saddam Hussein ganaba elecciones con el 90% de los votos, el presidente de Azerbaiyán, que lleva 20 años en el gobierno, acaba de ganar elecciones con el 93% de los votos. Eso no quiere decir que los partidos políticos se abstengan de hacer su trabajo. Pero yo no estoy metido en el contexto. Esa es una cosa. La otra es la que tú planteas —pensar en elecciones con el cuadro que tenemos—, sí, pero también hay que subrayar ciertas cosas.

¿Cómo cuales?

El gobierno creó una crisis, no especulemos por qué con el cambio del billete de 100 bolívares. Realmente logró exasperar a la población. En ese momento la presidencia de la Conferencia Episcopal de Venezuela llamó la atención, incluso a los políticos, señores, ¿qué pasa? Háganse cargo del dolor del pueblo.

La exasperación llegó a tal punto que provocó cuatro muertos y 300 negocios saqueados en Ciudad Bolívar. ¿Y qué hace el presidente Maduro? Firma decretos prorrogando la vigencia del billete de 100.

A mí me resulta muy obvio que el alto gobierno está desconectado del sufrimiento de la gente. No puede ser que estén muriendo niños por desnutrición o enfermos por falta de medicamentos, esos no son tópicos periodísticos. Son realidades humanas muy dolorosas. Igual que la criminalidad y nos hablan del liqui liqui. A mí me parece extraordinario el liqui liqui. ¿Pero qué tiene que ver una cosa con la otra? Es otro el problema del país, pero es que uno encuentra pocas voces que se hagan cargo de eso. ¿Qué nos ha pasado? ¿Hemos perdido el sentido humano? La semana pasada estábamos promoviendo el 50 aniversario de la Populorum Progressio (la encíclica de Su Santidad Pablo VI dedicada a la cooperación de los pueblos), la ocasión era buena para decir. Señores, nosotros tuvimos democracia cuando pensamos que la meta del país era el desarrollo. Y cuando nos olvidamos de eso, quizás por la riqueza fácil, se nos fue todo de las manos.

Usted ha insistido en la necesidad de llegar a un consenso. La impresión que yo tengo es que estamos muy lejos de eso. Creo que va a ser muy difícil aproximarse a esa idea. Si no se toma en cuenta las expectativas, las esperanzas que pudiera tener una población joven como la venezolana, aquí no vamos a llegar a ninguna parte.

Sí, he hablado de este tema en varias ocasiones, por una razón primaria. Para mí fue evidente, no creo que requiera mucha argumentación, que el señor Chávez desde el primer momento se empeñó en dividir. 6 de diciembre de 1998, yo no soy el presidente de los corruptos. Después fue cambiando las denominaciones. Terminó siendo escuálidos, lo que fuera. Pero siempre fue la sociedad partida. La vieja idea de divide y vencerás. Lo que sea. Me pareció una característica muy propia de su personalidad. Una capacidad de disgregar muy grande, quizás para imponerse. Rompiste el consenso, el consenso básico de que teniendo orientaciones políticas diversas, todos estábamos buscando el progreso del país, todos íbamos en una misma dirección, eso era muy potente. Desde posiciones distintas, pero con los mismos valores. Lo que se quiere es lo mismo. El progreso de una manera determinada. Claro, un país necesita eso para poder convivir y para que pueda haber gobierno. Un consenso no es un pacto, aunque puede haber pactos y no es un acuerdo de grupos, es esa cosa de fondo: ir en una misma dirección. Pongo un ejemplo, si a mí me plantearan un diálogo, diría que va a hacer usted, gobierno, y que voy a hacer yo, para remediar el hambre que está padeciendo la gente. Después podemos hablar de otras cosas, es decir, vamos a asumir el problema del país. Cualquier otro diálogo es ridículo y es extemporáneo. A eso me refiero, No debe ser tan difícil recuperar la sustancia humana del país. Ha habido, ciertamente, muchas divisiones. Y las divisiones son tanto más fuertes cuanto más se centran en lo anecdótico.

Sin duda, cuando el tema es lo ideológico político.

Salvo cuando una persona está muy fanatizada, nunca me he encontrado, ni siquiera en la época de las guerrillas, que uno no pueda tener un amigo que lo acompañe cuando está enfermo. Hay un nivel de relaciones humanas en el cual nos reconocemos como personas, como seres humanos. Eso estaba en Venezuela. Formaba parte, un poco, de nuestra idiosincrasia. Lo hemos perdido por esa división sistemática, por ese enfrentamiento.



Si uno ve la trayectoria de los partidos políticos en Venezuela y de la oposición en general, el balance es desesperanzador. Y lo digo por lo siguiente: Se robaron el referéndum revocatorio y no pasó nada. No hubo ni siquiera un velorio. Se va al diálogo y el padre Virtuoso dice que El Vaticano tuvo exceso de fe en el diálogo. ¿Quiénes son estos actores? Ya no se trata del pasado, del presente o del futuro, sino de una actuación consistentemente errónea. ¿Hay capacidad política para enfrentar la crisis?

Uno de los problemas más graves que sufrimos fue uno de los logros del comandante: dividir la historia y hacer borrón con el pasado y casi estigmatizarla, con lo cual, los jóvenes que estaban llegando a la política, gente realmente muy valiosa, como que carecen de antecedentes. Y por tanto de orientación. Decía Rafael Caldera, en el prólogo de “Moldes para la Fragua”. Lo nuevo no tiene vigor ni trascendencia, sino se afinca en la realidad propia. Da impulso saberse renovador de un sostenido empeño, revalorizador de un perdido gesto o motor de una empresa común. Claro, si tú compraste la idea, quizás por inexperiencia, o porque la propaganda oficial era muy fuerte, que la historia comenzaba con el señor Chávez, perdiste el sentido de orientación que te daba la experiencia, lo vivido y las demás personas.

El TSJ no sólo le ordenó al presidente Maduro que haga todo lo que esté a su alcance para impedir el estado de conmoción, sino que decidió abrogarse la función legislativa. En Venezuela y el mundo, no se habla de otra cosa sino de golpe de Estado. ¿Dónde estamos?

Eminentes juristas, como Allan Brewer, han analizado en detalle estas decisiones del TSJ. Son pasos formales que consolidan la autocracia, sobre todo si piensas que ese Tribunal ha estado al servicio del Ejecutivo. ¿Dónde estamos?, te preguntas. Pienso que en la misma pendiente por la que venimos… Habrá que ver, eso sí, si estas maniobras, esta clara usurpación, acentúa el desequilibrio real entre los que están en el gobierno y el pueblo. Puede ocurrir.


Fuente ProdaVinci
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