En la forma y en el fondo; por Federico Vegas


Fragmento de “La Batalla de Carabobo”, óleo sobre tela  de de Martín Tovar y Tovar, ubicado en el Salón Azul de la Asamblea Nacional.
Al principio siempre están las palabras, comienzo de toda acción. Cuando Juan escribe: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad”, no se refiere solo a Cristo, también al disfrutar un estado de verdadera gracia.
Nelson Mandela estaba consciente de esa suerte de encarnación que parte de nuestro pensamiento hacia el de nuestro prójimo:
“No acostumbro a usar las palabras a la ligera. Si 27 años en prisión nos han enseñado algo, ha sido llegar a entender, desde el silencio de la soledad, hasta qué punto las palabras son preciosas y hasta qué punto el lenguaje verdadero tiene su impacto en la forma en que la gente vive y muere.”
El espíritu de Mandela tiene tanto que decirnos en este momento de creciente división y confrontación, cuando las afirmaciones vehementes dominan a las revisiones profundas. Al regresar a escenarios que tenía más de un cuarto de siglo sin ver, sin tocar, sin oler, incluyendo su viejo hogar y los seres queridos que no habían muerto, Mandela compartió los frutos de una larga exploración en su interior:
“No hay nada como volver a un lugar que parece no haber cambiado para descubrir en qué cosas has cambiado tú mismo.”
En una prisión de Suráfrica entró un terrorista confeso y, 27 años después, emergió un líder que propició y logró la unión de su pueblo. Todo político preferiría someterse a una transformación menos exigente, y en menos tiempo, pero ese fue el destino de Mandela y la manera en que supo aprovecharlo, convertirlo en ofrenda.
Casualmente, Henry Ramos Allup cumplirá en pocos meses 27 años saliendo y volviendo a la Asamblea. Ojalá en este último retorno, como presidente, se haya preguntado: “¿Cuánto habré cambiado?”.
Observo a Ramos Allup, como todos sus partidarios y enemigos, con suma atención, quizás demasiada. La película apenas comienza y el hombre avanza en una cuerda tensa y alta como un funambulista al que una parte del circo desea que se estrelle y la otra que llegue a su meta.
En algunos de sus pasos lo siento valiente, decidido, conocedor de su oficio. Recuerdo ahora aquella reunión de paz en Miraflores, donde Ramos Allup tuvo la intervención más penetrante, precisa, quitada de paja y monte. Sus palabras en la primera sesión de la Asamblea también me animaron. Le sentí fortaleza y sinceridad.
Pero al mirar otros de sus pasos me asusto, como si fuera yo quien está por caer. Lo noto apresurado, abusando de adjetivos y ademanes, más pendiente de su verbo que del equilibrio necesario para alcanzar la meta. A veces se detiene y parece animar a las gradas a extremar sus diferencias, al punto que, hasta entre quienes lo observan con afecto, surgen inquietantes discusiones sobre su actuación, como ha ocurrido después del episodio en que decide sacar de la Asamblea las imágenes sagradas del chavismo.
Decía Mandela que “el arma más potente no es la violencia sino hablar con la gente”. Alguno dirá que ese “hablar” se refería a convencer al enemigo, pero creo que incluye a su propia gente, a quienes insistía en aconsejar humanidad y ponderación.
Un amigo dice que no hay que criticar al que apenas comienza. Otro asegura que es justo reaccionar a las agresivas locuras que ha cometido el gobierno durante tantos años, como llenar la Asamblea con su particular santoral y reinterpretaciones de nuestra historia. Pienso que es mejor criticar en los comienzos que en los finales y que toda reacción a la locura, no resta, sino se suma a la locura misma.
Finalmente está quien piensa que el tema no es grave, que se trata solo de símbolos, de representaciones, de formas. Y yo me pregunto: ¿Acaso no son las formas lo más importante? El papa Francisco nos ha explicado que las religiones se diferencian en la forma de llegar a un mismo fondo:
“Muchos piensan distinto, sienten distinto, buscan a Dios o encuentran a Dios de diversa manera. En esta multitud, en este abanico de religiones hay una sola certeza que tenemos para todos: todos somos hijos de Dios.”
 Después de esta hermosa prédica, conviene preguntarnos: ¿Y si la religión es pura forma, qué queda para la política? El catecismo de la política consiste en tomar lo que está en el fondo y encontrar una forma de dominarlo. Al asumir sin tapujos que su propósito es el poder, el político puede ser más sectario y hablar de “hijos de Chávez” o “hijos de Bolívar”, un evangelio más exigente y difícil de compartir entre hermanos que el ser “hijos de Venezuela”.
También me pregunto: ¿Estará Ramos Allup consciente de que no existe gobierno más débil en los fondos de nuestra catastrófica realidad, y más fuerte en la representación y divulgación de sus propias fantasías?
Hay días cuando sospecho que el gobierno de Maduro no existe, que se trata de una ilusión plasmada a través de la represión y las dádivas, que los únicos que viven la verdadera dimensión del gobierno de Maduro son los presos y los corruptos, aquellos a quienes han quitado la libertad y a los que han permitido arrasar con lo que quieran a cambio de su lealtad.
Ya no me asombro ante lo que ya no existe o no funciona —a todo llega el que vive—, mucho más me impresiona cuando enciendo la luz y hay claridad, o sale el agua por los grifos. Presiento que de un momento a otro vamos a enfrentar una paralización y un vacío, que ya el verbo abandonó la carne y está por hacerse cierto el poema de Vallejo:
¡Y si después de tantas palabras,no sobrevive la palabra!
 Acaso no es evidente cómo hace falta repetirlas hasta entumecernos. ¿Alguien ha contado cuantas veces aparecen los apellidos “Chávez” y “Bolívar” en una alocución de Maduro o Diosdado? Están a punto de convertirlos en letanías, en responsorios. ¿Por qué entonces enfrentar la forma habiendo tanto que resolver en el fondo?
A quienes duden del predominio de ese sistema de apariencias, fíjense que mientras todos nos centrábamos en el drama bizantino de los retratos, Maduro enfrentó un problema más real y más agónico nombrando “Ministro para la Economía Productiva” a Luis Salas Rodríguez. Salas es un sociólogo y, como era de esperarse, sus propuestas económicas son sociológicas, pues intentan organizar a la sociedad para evitar el “sálvese quien pueda”. No se trata de solucionar las causas sino amainar los efectos. La lista que ofrece Salas propone animar a la población a recuperar sus expectativas positivas sobre el país y el futuro, criticar las propuestas y alianzas de la oposición, evitar los anuncios de medidas que no se anuncian, no esperar a que los problemas nos revienten en las narices y un orgulloso “más de lo mismo”. Me recuerda al marido que descubre a la esposa con un amante en el sofá de la casa y decide vender el sofá. La solución que plantea Salas es darle al pueblo unas nalgas más cómodas para que continúe en su papel de espectador resignado frente a la tragedia que se nos viene encima. Este nuevo disparate, que confirma la obstinada y radical insistencia en el mismo abismo, ha pasado a un segundo plano, tanto que dudé en incluirlo por aburrido.
Ramos Allup optó por sacar las imágenes del templo. Creo que lo hizo en una actuación de mucho riesgo y pocos beneficios. Ha debido tomar en cuenta que un presidente de la Asamblea debe asumir la dignidad de su papel con la concentración de un niño que juega solo en su cuarto. No importa que alguien o nadie lo mire, en cada uno de los gestos y palabras de su juego, y de lo que está en juego, siempre será el héroe que ha escogido ser. El tema de las imágenes impuestas contra el reglamento y el sentido común era ideal para exponerlo en la propia Asamblea.
También entiendo que estamos hartos de la imposición en todos los lugares públicos de una barroca historieta con ilustraciones, desde “no fumar” hasta a quien adorar. Puede que la reacción del gobierno, de empapelar Caracas con imágenes de Bolívar y Chávez en todas las plazas, termine de saturarnos hasta niveles de alergia colectiva y un definitivo atragantamiento.
Bolívar no puede saber lo que pensamos de él, o lo que decidimos hacer con su imagen o sus huesos, pero nosotros sí podemos acercarnos a lo que él pensaba de su propio aspecto, y esta es una realidad más valiosa y reveladora que “los análisis morfométricos y antropológicos del cráneo”, incapaces de plasmar la fuerza y vida de una mirada, y, menos aun, de ofrecernos la visión que un hombre tiene de sí mismo al haber aprobado su propia representación.
Lo cierto es que falta mucho camino en esa cuerda por primera vez tendida y viene bien continuar recordando a Mandela, quien unificó con mesura e inteligencia a un país más dividido que el nuestro y enfrentando a un opresor más fuerte.
En 1647, Baltasar Gracián escribió El Arte de la prudencia, una serie de proverbios de grata e instructiva lectura para los nuevos diputados y obligatoria para el presidente de la Asamblea. Extraigo los inicios de algunos capítulos:
El fondo y la forma:
No basta la sustancia, también se necesita la circunstancia. Los malos modos todo lo corrompen, hasta la justicia y la razón. Los buenos todo lo remedian: doran el no, endulzan la verdad y hermosean la misma vejez.
 Hablar con prudencia:
Con los competidores por cautela; con los demás por decencia. Siempre hay tiempo para pronunciar las palabras, pero no para retirarlas. Hay que hablar como los testamentos: cuantas menos palabras menos pleitos.
 Conocer los dulces defectos:
Ni el hombre más perfecto escapa de algunos, sino que se casa con ellos o más bien se hace su amante. Los hay en la inteligencia y son mayores en el más inteligente o se notan más. Y no porque no los conozca el sujeto mismo, sino porque los ama.
 Este ultimo segmento nos lleva de nuevo a Mandela, Dios lo tenga en su gloria:
Una de las cosas más difíciles no es cambiar la sociedad sino cambiarse a uno mismo.


http://prodavinci.com/blogs/en-la-forma-y-en-el-fondo-por-federico-vegas/
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